Es necesario reconocer que el tren es un elemento icónico en la vida republicana de Ecuador. Fue el sueño de dos gigantes estadistas, el doctor Gabriel García Moreno y el general Eloy Alfaro, que quisieron unir la nación entre la Sierra y la Costa.
El tren ha sido fuente de vida a lo largo de su recorrido para cientos de ciudadanos que agilizaban sus negocitos. Es un medio de transporte masivo en tiempo de paz y de emergencia; no tiene rival. Ahora toca enfrentar la realidad, el mantenimiento de este negocio es extremadamente elevado, lo cual exige que no se desperdicie ninguna oportunidad, por pequeña que sea, de obtener ingresos abundantes. No encuentro explicación a la decisión para que desaparezca ni la de aquellos que creían que poniéndole nombre turístico, el dinero entraría a sus arcas. No se dieron cuenta de que con ese plan de comercialización establecían limitaciones descomunales a los ingresos económicos que una empresa de esa envergadura necesita para su funcionamiento. No establecieron a lo largo del cordón vial el transporte de carga y de pasajeros regulares que solo quieren ir de un lugar a otro. Se concentraron en un turismo variante y en las remesas del Gobierno, sin la debida aritmética que habría facilitado no solo el saldo del ingreso y egreso, sino además el monto de reserva necesario para imprevistos. Se trata de economía.
Ante esto, al tren se lo puede embodegar, y siendo las vías férreas más seguras que las carreteras, el Gobierno puede darlas en arriendo para que dueños de vehículos que quieran convertirlos en autoferros los usen en el transporte de carga y personas. Se exigirían carros Pullman para pasajeros. El Gobierno cobraría una mensualidad por vehículo, dejando que cooperativas administren el negocio. (O)
Luis Arturo Moncayo Figueroa, Santa Ana, California, EE. UU.