La consulta popular del domingo produjo su objetivo político: restablecer en la democracia ecuatoriana la regla de una sola reelección, y con ello sacar del juego político a Rafael Correa como el fantasma y el espectro perturbador del caudillismo autoritario, con sus afanes de volver al poder. El logro de ese objetivo muestra claramente que una amplia mayoría del país –el 64,32% de los votos válidos– estaba en contra de la reelección indefinida, y rechazó el argumento falaz –esgrimido siempre por el correísmo– de que detrás de esa regla se ampliaban los derechos ciudadanos. La inmensa mayoría sabía la trampa caudillista detrás del argumento falaz.
Hay que reconocerle a Moreno la decisión política de haber incluido en la consulta la pregunta de la no reelección indefinida. Esa decisión marcó la ruptura final con el expresidente y abrió una división insalvable dentro de Alianza PAIS. No es cierto, o lo es solo a medias, que en la consulta del domingo se dirimía solamente un conflicto de liderazgo entre Moreno y Correa. Fue mucho más que eso: era una batalla que concernía al país entero y a su horizonte democrático, a los liderazgos que incentiva y a la relación de las instituciones y del Estado con el personalismo y el patrimonialismo político. Moreno evidenció, desde adentro, la perversidad de la estructura del poder encabezada por Correa: excluyente, cerrada, corrupta, ineficiente, despilfarradora, sin ninguna obligación de rendir cuentas, dueña de la representación popular. Quienes configuraron esa estructura llegaron a sentirse todopoderosos, capaces de hacer lo que les daba la gana desde el Gobierno. Ahí está, como una muestra más, la reciente revelación de la UAFE sobre la gestión de Vinicio Alvarado como ministro de Turismo: su hija asumió la dirección ejecutiva de la campaña All You Need is Ecuador, que manejó un presupuesto de 19 millones de dólares. Detrás del caudillo, del mesías, del redentor, un grupo de aprovechadores.
Pero, de otro lado, Moreno no hizo sino abrir los ojos a lo que desde distintos frentes críticos al Gobierno se había denunciado tiempo atrás, y que se expresó como una heterogénea coalición anticorreísta en la segunda vuelta electoral de abril detrás de Guillermo Lasso. Los ocho primeros meses de Moreno habrían sido impensables si la elección de abril no hubiera dejado un escenario de votación tan estrecho entre Alianza PAIS y el resto de actores sociales y políticos. Fue ese triunfo apretadísimo de Moreno sobre Lasso el que volvió inviable la continuación de la Revolución Ciudadana en los términos en que habría deseado el correísmo. El giro de Moreno, valiente, radical, decidido, fue también un acto de realismo político. Se sumó, con el apoyo de una fracción de Alianza PAIS, a la fuerte corriente anticorreísta que se había consolidado en el Ecuador.
Cumplido el objetivo político de eliminar la reelección indefinida, la coalición anticorreísta se desvanecerá en su propia diversidad. Se acabó la luna de miel alrededor de Moreno. El presidente tendrá que gobernar en medio de muchos frentes con intereses y orientaciones disímiles. Hizo el trabajo más difícil, pero la política siempre se mueve hacia nuevos escenarios. Ahora empieza la batalla por el poscorreísmo. (O)