Es un oxímoron. Porque la estructura dialógica requiere al menos tres elementos: dos dialogantes que se reconocen como diferentes entre sí pero iguales en sus derechos ante la instancia tercera (ley, código, inconsciente), la que hace función simbólica para que los dos primeros puedan entenderse un poco a partir del reconocimiento de sus inevitables malentendidos previos. En el narcisismo –en cambio– es Uno solo, o a la sumo dos: el Uno y el “enamigo” (amigo o enemigo según coincida o no con el Uno), sin instancia tercera. Ello explica el frecuente deslizamiento desde el narcisismo hacia la paranoia, como psicosis individual o como fenómeno colectivo. Antecedentes necesarios para pensar este diálogo que nuestro sorprendido Gobierno propone, amparado en la moratoria papal.

¿Qué diálogo es posible en la lógica del narcisismo? Etapa necesaria para la constitución subjetiva, el narcisismo alude al momento de fundación del “yo” por identificación con la imagen que el espejo (y los otros haciendo de espejo) le devuelven al niño. Más que un momento único y fechable, es un proceso al que normalmente sucede una etapa siguiente, en la que el niño reconoce la existencia del otro como diferente de sí mismo y aprende a convivir con las diferencias, a tolerarlas y a amarlas en algunos casos. Aunque todos mantenemos un residuo de narcisismo, el estancamiento narcisista persistente tiene consecuencias inevitables en la vida social: intolerancia frente a las diferencias, enamoramiento de aquello que le devuelve la imagen ideal que tiene de sí mismo, dependencia insaciable de todo lo que ratifica esa imagen, y hostilidad ante aquello que le devuelve un reflejo distinto.

El narcisismo cree que encarna el ideal y es prisionero de su imagen. Así, solo puede sostener “selfie-diálogos”, donde los interlocutores que no entran en la foto son tratados como enemigos y excluidos del “diálogo”. Los “dialogantes” del narcisista solo desempeñan una función especular (de espejo) y se comportan de acuerdo con un guion escrito de antemano, para emitir las preguntas y las opiniones que le servirán al narcisista para confirmar que él es la imagen que representa. La alternativa para escapar del estancamiento narcisista (suponiendo que alguien quiera renunciar a ese goce) es romper el espejo encantado. Ello no es fácil, porque la fijación narcisista se ha convertido en estructura (con espejo incluido) y es muy difícil modificar una estructura.

¿Qué tan narcisista es el gobierno del presidente Rafael Correa? Interroguemos las conductas que acompañaron de modo inmediato y paralelo a la reciente propuesta gubernamental del diálogo, que testimonian una posición indeclinable desde hace ocho años: ¿Por qué los bien trajeados mensajeros correístas se apresuraron a escribir la lista de los excluidos antes que la de los invitados? ¿Por qué se descalifica a los opositores con la misma intensidad que se invita a dialogar? ¿Para qué se monta un teatro de “los ciudadanos preguntan al presidente”, donde unos ciudadanos “educaditos” preguntan solamente lo que él requiere para lucirse? En este escenario, ¿es posible un diálogo? No, a menos que “les creamos para que no sufran”, ahora que también ellos han empezado a experimentar lo que es el miedo, la agresividad del otro y la incertidumbre acerca de la conservación de sus bien remunerados empleos. (O)