Cuando tenía 11 o 12 años de edad, Jorge Kayser Nickels (1928-2003) aprovechaba un día de sus vacaciones escolares en una entretenida excursión a pie junto con dos amigos desde su hogar en Machala hasta las orillas de Puerto Bolívar, donde observó que se habían formado pequeñas pozas de agua de lluvia y agua salada debido al aguaje de carnaval. El paisaje costero lucía singular con aquellas espontáneas piscinas que, según observó al acercarse, se habían convertido en el improvisado hábitat de pequeños peces y larvas de camarón que habían quedado atrapados cuando el aguaje bajó.

Cuatro o cinco meses después regresó para sorprenderse al contemplar que aquella diminuta fauna marina había logrado desarrollarse en ese confinamiento. Por ello, había personas que estaban tratando de pescarla. “A esa edad se dio cuenta de que los camarones sobrevivían en encierro”, señala Alejandro Kayser sobre esa anécdota ocurrida en la niñez de su papá.

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Eran años en que el camarón era atrapado exclusivamente en el mar y las desembocaduras de los ríos. Y precisamente a ese negocio Jorge se dedicó durante su juventud, en compañía de su hermano Alejandro, con un barco que empleaban para recorrer toda la costa del Ecuador, buscando las zonas donde se reproducían los camarones más grandes, llamados langostinos, que vendían a empacadoras.

Sin embargo, su vida dio nuevamente un giro cuando se enteró de que a orillas del río Misisipi el Gobierno de Estados Unidos promovía el cultivo de bagres en piscinas artificiales, lo cual resultaba una estrategia innovadora en la industria de la acuicultura.

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Jorge Kayser Nickels, quien tenía unos 36 años de edad, leyó esa noticia y recordó aquella anécdota infantil en las orillas de Puerto Bolívar y se propuso crear las condiciones necesarias para cultivar camarones en cautiverio, lo cual era algo inédito.

Marita Kayser y Alejandro Kayser, hermana e hijo de Jorge Kayser, creador de las pisicinas de camarón. Foto: Moisés Pinchevsky. Foto: El Universo

Consiguió financiamiento para construir piscinas artificiales en una zona húmeda en el ingreso de Puerto Jelí. El proyecto llamado La Chiquita tenía dos hectáreas de extensión, donde aprovecharía el aguaje de carnaval para llenar de manera natural esas pequeñas lagunas que, en los dos primeros años (1965 y 1966), fracasaron en su intento de atrapar las larvas.

Pero al tercer año (1967) empleó como estrategia la instalación de elevados reflectores que mantenían iluminada el agua, ya que se había percatado de que los camarones son atraídos por la luz, en un fenómeno conocido como fototaxia positiva. Fue entonces cuando La Chiquita cobró vida y consiguió sus primeros éxitos, al obtener unas 700 libras de camarón en aquella cosecha, logro que repitió en cada uno de los tres aguajes anuales que vive la costa ecuatoriana (el segundo es en Semana Santa y el tercero entre septiembre y octubre). Además, su visión era eminentemente protectora de los manglares, ya que se había percatado de que ellos generaban el fitoplancton del cual se alimentan las larvas.

Los inversionistas comenzaron a multiplicarse, al igual que los empresarios que se sumaron al anhelo de Jorge de redirigir la producción de camarones hacia piscinas artificiales. Nacía así la industria camaronera en el país, con procesos que fueron replicados en el Perú y luego en otros países del extranjero, continúa narrando Alejandro, quien aclara que su padre fue, ante todo, un visionario y un curioso investigador que luego se propuso desarrollar alimentos orgánicos para las larvas.

Esos eran sus intereses. Jorge Kayser no buscaba amasar riqueza, sino concentrarse en descubrir nuevos procesos que protejan la sostenibilidad de esta industria y así mantenerla orgánica sin daño a la naturaleza. Para ello quiso que las piscinas se concentren en zonas áridas para evitar la deforestación, algo que lamentó que no se cumpliera cuando esta actividad se extendió.

Ahora, Alejandro tiene como proyecto personal construir un centro turístico-gastronómico en el ingreso de Puerto Jelí para mostrarle al mundo el sitio donde nació el sueño de este visionario que abrió una industria que ha alimentado a millones. (M. P.)

La vida de Jorge Kayser Nickels inspiró el libro infantil La Chiquita, una piscina con vida. Precio: $ 6. A la venta en los dos locales de Quickly: Plaza del Portal (La Joya) y Plaza Batán (local 21), Samborondón. Pedidos en Instagram: @jorge.chiquita, quickly_ec.

‘La Chiquita, una piscina con vida’. Libro de Margarita Pino de Barriga e ilustrado por Isabella Fuentes. Inspirado en Jorge Kayser, creador de las piscinas de camarón. Foto: El Universo