Parece que poco a poco la gente se va acostumbrando a las mismas metáforas de la vida. Hace algún tiempo, escribí­a en esta columna el Manual para subir montañas, y de repente me encuentro con un lector en Hamburgo que decide compartir conmigo su experiencia respecto a las escaladas de la vida. Descubrió en qué hotel estoy alojado. Tiene una serie de crí­ticas sobre mi página de internet. Hace comentarios duros, y después pregunta: