Quien asiste a presenciar el Clásico del Astillero debe estar convencido de que no necesariamente va a ser espectador del mejor partido del campeonato por su nivel futbolístico. Aunque los dos equipos prometan aquello, sus directores técnicos se convierten en cientistas de una estrategia que desaparecerá en el mismo instante que el árbitro suene su silbato. Ni tampoco son elemento diferencial para crear supremacía el puntaje de la tabla de posiciones o el favoritismo con que la prensa especula y elabora sus conclusiones.