“Aquel de Chile fue un Mundial caserito, muy sencillo, nada que ver con el despliegue tecnológico, de dinero y de gente que se hace hoy en cada Copa”, evocaba Emilio Lafferranderie, El Veco, periodista de raza, estrella en los años dorados de El Gráfico. En una decisión inesperada, el congreso de la FIFA de 1956 realizado en Lisboa, eligió a Chile como sede del Mundial 62. Que no era el pujante Chile actual. Tenía siete millones de habitantes, alto analfabetismo y una población mayormente rural. No había televisión todavía, llegaría recién en 1957. Aunque el fútbol sí era una pasión.
Chile ganó la elección a Argentina por 32 votos a 10. ”Tenemos todo, podemos hacer el Mundial mañana mismo”, enfatizó en su alocución el presidente de la AFA, Raúl Colombo. Pero la FIFA seguía negando a la patria de Borges la realización de una Copa del Mundo, que la reclamaba desde los años 30. La candidatura chilena fue defendida por el dirigente Carlos Dittborn. Sus argumentos fueron el clima deportivo en su país, la continuidad de la asistencia a torneos, estabilidad institucional y, sobre todo, la misión de la FIFA de promover el fútbol incluso en países con menos recursos. Y lo logró. Pero el destino juega cartas bravas, Dittborn, de 41 años, no llegó a ver su logro: murió 33 días antes de comenzar el torneo de una pancreatitis,
La buena suerte en la elección trocó en desgracia para Chile cuatro años después. El 22 de mayo de 1960 la ciudad de Valdivia, 830 kilómetros al sur de Santiago, vivió el apocalipsis: sufrió el mayor terremoto de la historia humana, 9,5 en la escala de Richter, la más alta medida instrumentalmente. Nunca se repitió algo igual. Provocó un tsunami que cruzó el Pacífico y causó daños y miles de muertos en Hawái, Japón y Filipinas. Naturalmente, también en Chile. “La tierra se sacudió como si el mundo intentara rehacerse a sí mismo. Los volcanes vomitaban lava a grandes distancias, la ceniza se elevaba a alturas inimaginadas, las montañas se abrían en grietas profundas y los ríos modificaban sus rumbos. El suelo ondulaba como un mar enfurecido y pueblos enteros quedaron reducidos a silencio”, señala el libro Nuestro Mundial, 50 años de historia.

Pese al desastre y las dudas sobre el torneo, el presidente chileno Jorge Alessandri envió un mensaje contundente a la FIFA: “El Mundial se hace en Chile sí o sí”. Y se hizo. Lo ayudaron los países vecinos y la FIFA. Sin embargo, tuvo un costo: se habían prometido ocho sedes y hubo que descartar a las cuatro del sur —Talca, Concepción, Talcahuano y Valdivia— por las consecuencias del terremoto. Así, el Mundial se escenificó solo en Santiago (estadio Nacional, 70.000 espectadores), Viña del Mar (Sausalito, 18.037), Rancagua (Braden Copper, 14.450) y Arica (Carlos Dittborn, 14.373).
“Los estadios eran modestos y, salvo el de Santiago, pequeños. Tampoco tenían luz, porque todos los partidos se jugaron de día. El de Rancagua sería para poco más de 10.000 personas. Y sobraba espacio. Es que era otro el mundo, otro el fútbol. Ni comparar con los fabulosos escenarios de ahora”, nos decía El Veco, a quien entrevistamos en el Mundial de Corea y Japón 2002.
Justamente aquel de 1962 fue su primer Mundial. Nos mostró la sencilla acreditación periodística de aquel torneo y la entrada de la final —Brasil 3, Checoslovaquia 1—, la cual conservaba como trofeo. ¿Cómo enviaban el material periodístico?, preguntamos. “No había télex todavía, escribíamos en esas viejas Remington negras, juntábamos las notas y las enviábamos por avión en un sobre. Era lo más rápido”. Tampoco había mucha televisión. Recuerdo que un tal Frederici, de Argentina, filmaba los partidos. Por la noche, ponía la cinta en una lata y se subía a un avioncito Cessna, cruzaba la cordillera y lo llevaba hasta Mendoza. De allí lo mandaba a Buenos Aires en un vuelo de Aerolíneas y al día siguiente se emitía por Canal 7. Era una proeza”. En todo Chile había unos 20.000 aparatos de TV.
Todo era más elemental cuenta este atlante del periodismo. “No existía el centro de prensa, solo una oficinita donde se repartían boletines informativos. Cada uno trabajaba en el cuarto de su hotel. Igual, éramos unos pocos periodistas. Pero la organización fue excelente, nada faltó. Y no había restricciones al periodismo. Uno tenía a su merced a Pelé, Di Stéfano, Garrincha, Puskas, Sívori, para entrevistarlos el tiempo que quisiera”.
En Chile apareció el primer tema dedicado al evento: El rock del Mundial, interpretado por el grupo local Los Ramblers. La ceremonia inaugural, previa al cotejo Chile 3 - Suiza 1, fue básica: se izaron las banderas de ambos países y a jugar.

“Era todo muy modesto, muy distinto a la fastuosidad de los mundiales modernos —narraba El Veco—. Íbamos a Viña del Mar a ver Brasil-España y la guagua que nos llevaba se rozó con un camión, tuvimos que parar y llegamos al partido sobre la hora. El palquito de prensa era un pañuelo, no había más lugar, y don Pedro Fornazzari, jefe de prensa del Mundial nos ofreció ubicarnos dos sillitas junto al tejido. Gracias a esa circunstancia vi el partido a 2 metros de Helenio Herrera, entonces técnico de España, y escuché todas sus indicaciones”. ¡Dos sillitas junto al tejido…! Suena hasta gracioso.
Y soltó una de sus imperdibles anécdotas: “Helenio fue el primer divo de la dirección técnica. Patentó la función. Era un vivo bárbaro. El lateral izquierdo español era Gracia; Garrincha lo estaba pasando por aire, mar y tierra. Y Helenio, como si nada, le gritaba a Gracia: <<Es tuyo... Ya lo tienes... Mañana el mundo hablará de ti...>> Gracia lo botó diez veces fuera de la cancha, pero igual Garrincha mandó dos centros y fueron dos goles de Amarildo. Chau, España”.
Las crónicas hablan de que hubo una violencia exagerada en el juego, muy mal controlada por los jueces. Al tercer día de competencia había treinta jugadores lesionados. Muchas lesiones y roces. Pero nada como el partido Chile 2 - Italia 0, en el que hubo agresiones salvajes. Alfredo Di Stéfano fue a la Copa con la selección española pero no pudo jugar por una seria afección estomacal y Pelé llegó lesionado a Santiago. Lo contó en su libro Mi legado. “Ya estábamos cerca de partir para la Copa. Se programaron cuatro partidos de preparación previos. Al terminar el primero sentí un dolor en la ingle y no le di mayor importancia, pensé que al día siguiente pasaría. Pero luego se convirtió en una puntada. El doctor Gosling me preguntó: ‘¿Puedes entrenar?’. La sangre se me heló y mentí. El preparador físico Amaral había dicho: ‘Hombre que no entrena, no juega’. Así que respondí que podía. Fue un error. En el segundo partido, ante Checoslovaquia, no daba más del dolor y tuve que salir. Me perdí el resto de la Copa”.
Brasil fue casi con el mismo plantel campeón de 1958, todos con cuatro años más, y lo sintió. Ganó su segundo título con lo justo. A falta de Pelé, Garrincha se puso el traje de Superman y Amarildo reemplazó tan bien al Rey que lo contrató el Milan. La final fue Brasil 3 - Checoslovaquia 1.
“Fue un lindo Mundial el del 62, con grandes estrellas. Bobby Charlton, Sekularac, Puskas, Garrincha. Entonces no había presiones de ninguna naturaleza, el que era bueno lo demostraba, jugaba tranquilo. También hay que ser sincero: antes se marcaba mucho menos. Por eso aquellos monstruos podían hacer esas cosas asombrosas”, cerró El Veco. (O)



