Todos quienes no somos brasileños estábamos ciertamente tranquilos de ver un Brasil, anestesiado, somnoliento, terrenal… Pero tan placentera sensación duró dos partidos apenas: ante Perú despertó el monstruo. Cinco rugidos dio, deglutió a su rival, lo molió con sus mandíbulas. Y lo peor: quedó con hambre…