Borra y va de nuevo. Si bien aún existen rezagos en el escrutinio y actas por resolver, lo cierto es que los resultados que se anunciaron el domingo no parecen que van a alterarse. En ausencia de la intensa campaña de desinformación mediática y de ciertas encuestadoras, que se dedicaron a vender el escenario de que uno de los candidatos ganaría en primera vuelta –algo que fue siempre muy improbable conociendo nuestro escenario político-, probablemente los resultados del domingo hubiesen sido similares a los de ocasiones anteriores; es decir, unos cuatro y hasta cinco finalistas con votaciones que iban del 8 % hasta el 30 %, incluyendo los dos punteros. Pero no fue así ahora. Lo que tenemos es una suerte de resultado de segunda vuelta, pero en la primera. Ya sobrarán los análisis tratando de explicar lo que sucedió. ¿Agotó el correísmo su techo de la segunda vuelta en la primera? ¿Podrá Noboa escalar los puntos que le faltan, tal como lo hizo Lasso hace cuatro años, cuando logró remontar más de 30 puntos, con la diferencia de que este último tenía de dónde crecer? Si bien es la primera vez que un candidato correísta incrementa su voto histórico del 30 % en la primera vuelta, lo cierto es que también es la primera vez que pasa a la segunda vuelta como perdedor, salvo los casos del propio Correa, que son suigéneris. Por otro lado, la fractura regional se repite, con una Sierra marcadamente anti-Correa y una Costa inclinada en su favor. Hay quienes sugieren que durante su gestión Noboa tuvo que enfrentar varias crisis que probablemente afectaron su resultado, desde la crisis de inseguridad, que no es fácil para ningún gobierno, y la crisis eléctrica, que logró capearla con habilidad, hasta el conflicto con la vicepresidenta y el estancamiento económico, que produjo un nuevo éxodo migratorio. Es probable que estos y otros factores hayan jugado su rol, pero a pesar de ellos el resultado del domingo lo pone como primer finalista.
Estas y otras reflexiones miran hacia lo que pasó. Y al país lo que le interesa no es tanto por qué el uno sacó más votos que el otro, sino su futuro. Las próximas semanas serán decisivas. Lo serán, por encima de todo, para el Ecuador. Los dos candidatos tienen la oportunidad, mejor dicho, el deber, de entrar en diálogo con la sociedad sobre cuál es su visión del Ecuador, cuáles son sus objetivos específicos y, sobre todo, cómo los piensan alcanzar y en qué plazo. Ya no estarán rondando las otras 14 candidaturas que quedaron descartadas. Así que tanto los finalistas como la sociedad civil podremos concentrarnos en sus visiones, sus objetivos, los medios que proponen y el tiempo que llevará implementarlos. Menos bailes, tarimas, videos, memes o slogans. Y más sustancia. Más ideas, más debates serios y más esfuerzo por construir consensos. El Ecuador se desangra por la corrupción judicial más aterradora que ha existido. ¿Qué proponen los candidatos para enfrentarla? ¿Tienen un compromiso serio con la institucionalidad democrática o seguimos caminando al borde de modelos autocráticos como el que tuvimos por más de una década? ¿Cuáles son sus propuestas para inyectar crecimiento económico?
El país exige respuestas serias. No respuestas facilistas, agradables o populares.
Ya hemos tenido bastante de ellas. Y no nos han servido de mucho. (O)