A Alexander von Humboldt, polímata alemán considerado el padre de la ecología, se le atribuye la frase “los ecuatorianos son seres raros y únicos: duermen tranquilos en medio de crujientes volcanes, viven pobres en medio de incomparables riquezas y se alegran con música triste”. Conoció Ecuador en 1800 junto con el ecuatoriano Carlos Montúfar, con quien exploró este y otros países del hemisferio occidental, separándose de su gran amigo y aprendiz a su retorno al viejo mundo, específicamente en París, Francia.
Esta frase siempre me llamó la atención. Los años y varios viajes al exterior me han dado el lujo y desaire de corroborarla. Pensar en Ecuador hoy en día me representa un cúmulo de sentimientos contrarios. A través de los ojos de quien no vive nuestro diario vivir obtengo opiniones diversas. Desde afuera unos logran ver oportunidad y progreso, ven un futuro lleno de posibilidades en un país dolarizado sin la volatilidad de una divisa propia, un país de tierra fértil, de juventud talentosa y autodidacta que se abre camino con las bondades de la conectividad y la globalización, con adultos mayores que mantienen viva nuestra herencia cultural y los valores del ayer.
Como contraparte, quienes aún decidimos estar aquí, vivimos la realidad de batallar a diario por recuperar las libertades que perdimos producto de la inseguridad, el narcotráfico y la mal llamada ‘política’, que no es más que la condena generalizada por aquel conjunto de funcionarios con importantes trastornos, carencias y temores, que ciertamente no nos representan porque apoyan iniciativas que nos perjudican a la gran mayoría, que llena únicamente sus bolsillos, que enaltece su condición ególatra, que alimenta su hambre de ira y poder, y por qué no decirlo también, que los mantienen vivos a ellos y sus familias mientras sigan siendo útiles del mal mayor.
¿Pero cuál de estas dos perspectivas es la verdadera? La realidad es blanco, negro y todos sus matices. Convivimos en una realidad contradictoria, incoherente e injusta. Pero nada de esto nos debería sorprender porque muchas veces lo que nos gana la batalla es nuestra propia falta de decisión y convicción, condimentada por un entorno que alimentó nuestras inseguridades, anulando nuestra unicidad y empujándonos a tomar el camino de aceptar la normalidad a la que nos acostumbraron: la de vivir pobres en medio de incomparables riquezas que terminan siendo acaparadas por unos cuantos.
Nada que valga la pena llega fácil ni rápido, el precio que estamos pagando en esta metamorfosis lo son la tranquilidad y comodidad del corto y mediano plazo. Lo cierto es que todos gobernamos, por eso en esta renovación no podemos cometer los mismos errores del pasado: botar tu basura para que la recoja alguien más, pasarte la roja para llegar más rápido, copiar en el examen para graduarte a tiempo, eliminar a la competencia capacitada para ascender, liderar rodeándote de sumisos y no de justos, defender a ciegas una ideología sin pensamiento crítico, olvidarte de la honradez cuando te conviene, vivir una vida que te fue impuesta, en fin… hacerte de la vista gorda y callar hasta que te toque a ti. (O)