Artemisia Gentileschi brilló por su talento desde muy niña, sus primeros trazos los aprendió de su padre, también artista de profesión, quien al darse cuenta de que su hija sobresalía en arte y técnicas de dibujo, decidió apoyarla en su formación. Sin embargo, la realidad social de la época destinaba exclusivamente a los hombres la educación en las escuelas de arte, por ello, requería buscar otras opciones.

Ubiquémonos alrededor de los 1600 y en una familia en la que Artemisia era la única mujer, tres hermanos varones y una madre que murió dejándola huérfana a los 12 años. Época en donde la Iglesia católica veía enemigos por todos lados por su permanente alerta por la Reforma, el arte y el renacimiento estaban en la cúspide, la evangelización cristiana ya pisaba América y la Inquisición no había perdido poder, en particular, en su mirada a las mujeres.

Adiós, Bruna Husky

En la cajuela

En su autorretrato Artemisia se presenta pintando, haciendo trazos con la mano derecha algo elevada, mientras que con el otro brazo se apoya sobre una mesita, de tal manera que sus dos brazos abiertos colocan a su pecho más cerca del lienzo que el resto de su tronco. Como diciendo mi lienzo y mi pecho son lo mismo, se nutren mutuamente. Ella pinta con el corazón. Su rostro es hermoso, refleja un pacífico y discreto éxtasis.

Como lo habíamos dicho, Artemisia necesitaba educarse en arte, Orazio, su padre, eligió a Agostino Tassi, conocido de él, pero quien se aprovechó de la privacidad de las clases y la violó. El testimonio de la víctima quedó escrito así: “Cerró la habitación con llave y una vez cerrada me lanzó sobre un lado de la cama dándome con una mano en el pecho, me metió una rodilla entre los muslos para que no pudiera cerrarlos, y alzándome las ropas, que le costó mucho hacerlo, me metió una mano con un pañuelo en la garganta y boca para que no pudiera gritar y habiendo hecho esto metió las dos rodillas entre mis piernas y apuntando con su miembro a mi naturaleza comenzó a empujar y lo metió dentro. Y le arañé la cara y le tiré de los pelos y antes de que pusiera dentro de mí el miembro, se lo agarré y le arranqué un trozo de carne”.

Orazio y su hija instauraron un juicio contra él. En el proceso se descubrió además que el violador había cometido varios delitos anteriormente. Lo condenaron a la cárcel muy poco tiempo y luego se fue de la ciudad. En ese juicio, la víctima fue torturada para “demostrar” que era virtuosa y tenía honor, recibió más dolor en el cuerpo ultrajado, pues tenía que probar que era pura, es decir, merecedora de exigir castigo al agresor.

Con el tiempo ella superó las malas miradas, la envidia por sus capacidades. Contrajo matrimonio y tiene un importante puesto en la historia del arte. Entre sus obras hay muchas religiosas, entre ellas“Judit decapitando a Holofernes.

Por esa obra también la criticaron, decían que era violenta, sangrienta y cruda. Cosa rara, muchos artistas ya la habían pintando antes.

Lo profundamente sangriento, crudo y vergonzoso para los humanos es que se sigue metiendo “pañuelos en la garganta y boca” para silenciar el dolor a través de amenazas y se sigue exigiendo demostrar que se es merecedora de justicia. (O)