Lo que parecía una mala broma del ahora presidente de Estados Unidos, se convirtió rápidamente en una crisis política y económica para Canadá. El país que, hasta el 20 de enero, era no solo el aliado más cercano de EE. UU., hermanado por una de las fronteras menos vigiladas del planeta, precisamente porque había confianza y una estrecha relación entre los dos. Y el único precedente de esta naturaleza nos remonta a 812, cuando Estados Unidos declaró la guerra a Canadá, colonia británica, tras acusarla de restringir el comercio y ayudar a los indígenas Shawnee en territorio estadounidense para emanciparse. ¡Vaya paradoja!
Todo comenzó con el anuncio del presidente electo Donald Trump de la imposición de tarifas al 25 % de todos los bienes que exporta Canadá a los Estados Unidos, olvidándose del Tratado de Libre Comercio de América del Norte que él mismo firmó en 2019. El error letal del entonces primer ministro canadiense, Justin Trudeau, fue correr a Trump en Mar-a-Lago para pedirle que reconsidere. Craso error por dos razones fundamentales. Primero, tratar el tema como un asunto de estado cuando Trump no había aún tomado posesión. Segundo, tratándose de un insidioso narcisista, complacer su necesidad de fama. Es a partir de esta visita, donde Trump amenaza con que Canadá solo tiene futuro como el estado 51 de la unión americana y a referirse a Justin Trudeau como “gobernador Trudeau.” La procesión de líderes provinciales a Washington las siguientes semanas solo aceleraron la insistencia de Trump de que puede ganar esta batalla contra suplicantes canadienses.
La semana pasada fue un parteaguas para todos aquí en Canadá. El 90% de canadienses está ahora consciente de que esto no es un juego y que la guerra económica de EE. UU. llegó para quedarse, mientras Trump sea presidente. Ni siquiera la caída estrepitosa de la bolsa de valores de Nueva York ha parado los caóticos anuncios de nuevos aranceles. La retaliación de Ontario con aranceles a la energía eléctrica resultó en la imposición de aún mayores aranceles –al 50%– sobre aluminio y acero canadiense. No ha habido estrategia de buenos oficios, visitas o cabildeo que logre algo de respeto, ya no solo del presidente Trump sino de todo su gabinete hacia Canadá, su independencia, su estatus como aliado de largo plazo. Los lazos militares de Norad –la supervigilancia aérea coordinada más sólida del planeta– están a punto de romperse, como seguramente pasará con la inteligencia que compartía el sistema “5 ojos” ya en entredicho.
Por suerte, hay un nuevo primer ministro en Canadá. Justin Trudeau renunció y abrió paso a elecciones de su partido, que eligió a Mark Carney, exgobernador del Banco Central de Canadá, como nuevo líder. Habrá elecciones generales sí, pero cada vez el fantasma de una guerra económica –si es que no militar– con EE. UU. determinará el resultado. Y un Partido Conservador con un lema de “Canadá Primero” no ofrece seguridades suficientes de distancia con sus pares en Washington. En retrospectiva, todo hace sentido: los populistas autoritarios necesitan quebrar economías para imponer su voluntad vía escasez, caos, resentimiento… (O)