El 30/12/2004, hace 20 años, EL UNIVERSO publicaba mi artículo “Niños basura en tiempo de Navidad”, donde trataba de expresar mi indignación sobre un acontecimiento que conmovió al país. Citándome a mí misma voy a tomar el comienzo de ese artículo para referirme a los 4 niños desaparecidos estos días. “El 28 de diciembre, día que los cristianos recuerdan la masacre de los inocentes, una noticia nos sobrecogió hasta lo más hondo. En el centro del país cobijado por volcanes, fuego y frío, en la Sultana de los Andes, Riobamba, 4 niños, Pablo Ernesto, Álex Geovanny, Mario y Arturo murieron bajo toneladas de basura, porque estaban durmiendo en un contenedor que la recoge en la inhóspita noche serrana. Niños que trabajaban lustrando zapatos. Desde la altura de su pequeñez estaban a nuestros pies, como lamiendo la basura que se pega al caminar de los mayores, sacándole brillo a los polvorientos zapatos que caminan las calles de la ciudad que los rechaza y los expulsa, los arrincona en un contenedor y los sepulta en él.

Qué imagen más profundamente interpelante en estos días en que recordamos el nacimiento de un Niño, que desde el estiércol de una pesebrera vino a decirnos que el amor es lo más importante, en nuestras vidas y en el mundo. No hubo lugar para Él en la posada, tampoco la hubo para los cuatro pequeños… en la ciudad. El mejor lugar que encontraron era el contendor, ese en el que se deposita lo que la sociedad de consumo rechaza, en este caso sus propios niños. Qué ironía y lastimosamente qué gráfico. Los mismos desechos de esa sociedad asfixiaron sus vidas”.

Veinte años después, en la calurosa Guayaquil, en barrios dejados a su suerte, en vísperas de Navidad, 4 niños que apenas comenzaban a descubrir la adolescencia, Steven Gerald, Josué Didier, Nehemías Saúl, Ismael Eduardo desaparecen en medio de requisas militares. La indignación colectiva crece. Una indignación que hasta hace pocos días pedía que los niños infractores sean juzgados como adultos.

Un dolor profundo recorre la ciudad y el país. Frente a la incertidumbre desgarradora, un sistema que falla en proteger a los más indefensos y unos padres atrapados en la zozobra, volvemos a enfrentarnos a una dura realidad: la fragilidad de la infancia y nuestra incapacidad de cobijarla.

El pesebre nos recuerda que ni Jesús, ese Niño que era Dios metiéndose de incógnito en nuestra historia, podía sobrevivir sin padres que lo cobijaran, abrigaran y alimentaran. Y sobre todo lo amaran. Tampoco sin la comunidad que lo apoyó. Era hijo de una familia, pero también de un pueblo.

Como ciudadanos, como comunidad, tenemos el deber de acompañar a estas familias y no permitir que sus casos caigan en las arenas movedizas del olvido y las excusas. Debemos buscarlos como si fueran nuestros propios hijos, porque lo son.

Esta Navidad muchos hogares vivirán la ausencia de niños que la violencia les arrebató. Otros albergan la esperanza de reencontrarlos. Las luces que encendemos deberían ser un recordatorio de que cada acción nuestra, por pequeña que sea, sume en la construcción de un mundo donde la vida de cada niño sea sagrada y ningún nombre quede perdido en el silencio. Entonces, la luz de la Navidad brillará con su verdadero sentido. (O)