En un almuerzo con empresarios tuvimos como invitada a Gabriela Calderón de Burgos. Nos habló de su libro En busca de la libertad y compartió su mirada sobre nuestro pasado republicano, una reflexión que me dejó pensando. El libro es fruto de un trabajo serio y dedicado, una investigación rigurosa. Ella acudió a fuentes originales, revisó documentos y realizó viajes para reconstruir las trayectorias de vida y las ideas de 10 próceres de Iberoamérica que reflexionaron sobre la libertad y el orden republicano.

La idea que planteó fue simple y profunda: hemos aprendido a ver nuestro pasado con más severidad que justicia. Esa frase encierra una verdad mayor. Una sociedad que interpreta su génesis como una secuencia de errores termina por reducir su propio origen a una consecuencia inevitable. Pero una mirada intelectual y rigurosa a los llamados padres fundadores ofrece una perspectiva distinta: una narrativa con más luces que sombras. Esa reinterpretación no busca idealizar el pasado, sino entenderlo con mayor equilibrio. Reconocer los errores es parte del ejercicio crítico, pero también lo es reconocer la profundidad intelectual y política de quienes pensaron las bases institucionales de nuestras repúblicas.

A lo largo del libro aparecen figuras como José Joaquín de Olmedo, Francisco de Miranda y Manuel Belgrano, entre otros protagonistas de la independencia hispanoamericana. Sus debates muestran que la emancipación no fue solo una ruptura política, sino también un intenso proceso intelectual sobre cómo organizar repúblicas libres, establecer límites al poder y construir instituciones duraderas.

La autora escribe también sobre otros personajes de aquel momento fundacional. Aquí he enfatizado a aquellos cuya contribución estuvo más directamente ligada a la defensa de la libertad y del orden institucional. Llegaron con ideas profundamente modernas para su tiempo: gobierno constitucional, primacía de la ley y límites claros al poder. Imaginaron naciones gobernadas por la libertad y por el respeto a las reglas.

El devenir posterior tomó rumbos distintos. Pero la distancia entre la visión y su implementación no disminuye la grandeza de quienes imaginaron repúblicas basadas en principios universales. Lo que sembraron fue, en esencia, una gran idea: que la libertad podía convertirse en el núcleo de nuestras naciones.

Gabriela tiene razón al invitarnos a redescubrir esas luces. Cuando una sociedad reconoce la grandeza de sus ideas fundacionales, cambia también la conversación que mantiene consigo misma. Dejamos de vernos como receptores inevitables de un relato leído con pesimismo –incluso con cierto fatalismo– y comenzamos a reconocernos como herederos de un proyecto ambicioso y valioso.

Hoy quiero destacar su trabajo de años en pro de subir el nivel de análisis de la discusión de los grandes desafíos del país y en este caso su valiosa contribución para rescatar elementos valiosos de nuestra identidad. Recomiendo esta obra como lectura formativa, especialmente para las nuevas generaciones. Es un acto de conciencia cívica. El pasado está ahí para que aprendamos de él. Depende de nosotros estar a la altura. (O)