Nunca había viajado tanto y a tantos lugares dispares en mi vida como en el 2025. Mundos diversos, personas más diversas aún. El denominador común: la desesperanza por el futuro. El escalofrío que pasa por todos, tiene como comodín el caudillo de Mar-a-Lago. Hay la sensación de que está implosionando su propia economía y de paso, desmontando la del resto del mundo. Eso sin contar que solo esta semana, Groenlandia se prepara para una potencial ocupación, y hubo la intención real de bombardear Irán… otra vez.

En medio de un mundo amenazado, es mejor empezar el año con esperanza. Y la verdad, hay mucha, pero la pasamos por alto.

En el Reino Unido, todos tienen a Brexit en su respuesta inmediata para explicar el estado de cosas. Pero falta decir que muchas ciudades han logrado concentrar sus esfuerzos en negocios y empresarios locales que ayudan a crecer su economía. Y esos pequeños esfuerzos están haciendo la diferencia, aunque no aparezca en las macroestadísticas. Algo similar pasa en Alemania, desgastada por políticos que no han atinado a despegar una economía que fallece, abrumados por el peso de la guerra en Ucrania.

No hay esfuerzos pequeños en el Perú. Me asombró su optimismo, además del tesón y la capacidad de muchos pequeños y medianos empresarios para salir adelante, a través de innovaciones culturales y turísticas. En el país vecino que siempre cree que la inestabilidad política y la corrupción le han hecho “peor que Ecuador” –en palabras de muchos– los negocios abren hasta las diez de la noche, porque la gente pasea por las calles de Lima hasta esa hora. Han dejado de esperar que el Gobierno central funcione. En Piura, hay una agroindustria de exportación boyante, que bien la querría Ecuador y también se puede pasear sin problema hasta tarde. Pero la ráfaga más luminosa de optimismo la he visto en los Balcanes. Ahí donde todavía se pueden ver morteros antimisiles en los techos de edificios altos, la población joven ha hecho maravillas para movilizar a los políticos para hacer cosas diferentes e importantes. Por ejemplo, lograron que todo el sistema de transporte de Belgrado sea gratuito. Y no es que gratis signifique mal servicio o rutas irregulares. No. La presión popular ha hecho que las líneas de buses y tranvías sean supereficientes, con marcadores de tiempo, anuncios de retrasos y servicio las 24 horas. Y no, no es un país socialista, sino abierto a la inversión y a desarrollar su economía.

Y a veces no se necesita ir tan lejos. Durante las fiestas del Inti Raymi en la provincia de Chimborazo pude ver a los más disímiles líderes del callejón interandino asistir y compartir una visión de futuro, de unidad en la diversidad. Líderes de Cayambe, Pichincha, Saraguro, Santo Domingo de los Tsáchilas discutiendo estrategias para consolidar una economía de pequeña y mediana escala que funcione para todos. Tenemos capital humano. El error es creer que hay que esperar que el líder de turno resuelva los problemas cuando debemos empezar por generar una ética de trabajo, reflexión y organización que nos permita avanzar desde las unidades políticas más pequeñas: el barrio, el cantón, la provincia. Es hora de reconstituir el país desde la base. (O)