Escribo esta columna a partir de una información publicada en El País de Madrid el pasado domingo 15. Dice que en los seis primeros días el gasto de la guerra es de $ 11.300 millones. Cada cohete que se dispara cuesta una fortuna, sin considerar lo que valen los dispositivos para lanzarlos, la movilización de portaaviones y enormes buques de guerra, los salarios de los marinos, pilotos y soldados, la impedimenta imprescindible y tantos elementos más de la guerra.
Lamento no haber empezado mencionando las inapreciables vidas humanas perdidas, intencionalmente o por error, como la muerte de las 165 niñas de una escuela, dicen que por obsolescencia de la información. ¡Qué infame desastre! Error imperdonable. Si se conoce que los soldados son entrenados para matar, por lo menos que acierten destruyendo lo que se debe: la estructura para fabricar armas nucleares de una tiranía de fanáticos islamistas. Su primera víctima sería Israel, a quien odian.
Tal vez el presidente Trump ha comprobado que no es fácil destruir a un gobierno como el de Irán, de fanáticos chiitas, una rama del islam, dueño de grandes recursos económicos, que puede desatar una grave crisis mundial cortando el suministro de petróleo y gas y obliterar la navegación por los mares y océanos de su influencia geográfica. Trump ha llamado a otras potencias a intervenir y esas son las de Europa, a la cual hace muy poco menospreció.
Rusia es aliada de Irán, China también, pero en menor grado. Ambas potencias estarán complacidas de aprovechar cualquier fracaso o debilitamiento de su verdadero enemigo, que son los Estados Unidos. Los europeos deberán intervenir, hasta para buscar la paz, porque la economía de ellos y la del mundo están sufriendo alza de costos de alimentos y combustibles.
Los ecuatorianos también llevamos nuestra parte. Nuestras exportaciones de frutas, flores y alimentos son perecibles y la mucha espera los daña. Los esfuerzos del presidente Noboa por abrir mercados en los países árabes serán afectados porque esa región es el frente de la guerra actual.
Infortunadamente se comprueba la afirmación de que la cosa pública casi determina nuestra vida privada. Por lo pronto todo el mundo está pagando más por la gasolina y el diésel y nuestro Gobierno debe estar alerta para evitar que los especuladores se aprovechen para aumentar los precios de los alimentos, las medicinas y los insumos básicos para nuestras vidas.
Se impone la paz. El papa León XIV hizo un llamado dramático para dialogar y buscarla. No tiene ejércitos ni divisiones, pero es una autoridad moral de influencia mundial y sus sabias palabras deben ser escuchadas. Es muy difícil porque Irán no ha sido vencido. Sus ejércitos están intactos y los EE. UU. cometerían un error muy grave si se arriesgaran en otra guerra lejana sin suficiente motivación para sus tropas. Deben recordar los fracasos de Vietnam e Irak.
Hay que detener y terminar con esa guerra y que en lugar de misiles estalle la paz. Así se llamaba el tercer volumen de la trilogía de José María Gironella sobre la Guerra Civil española: “Ha estallado la paz”. Bienvenida. (O)









