Es inconcebible que en el mundo todavía existan países en los que la creencia religiosa y la política sean lo mismo, lo que genera oprobiosas formas totalitarias de gobierno, como lo hemos visto, desde 1979, en la República Islámica de Irán, en la que los detalles cotidianos de la vida son decididos a rajatabla por los mulás, los líderes intérpretes del Corán. Azar Nafisi era una profesora de literatura inglesa en Teherán cuando fue expulsada del claustro universitario en 1995; entonces creó una clase informal con siete de sus exestudiantes mujeres para hablar de literatura. A ellas les interesaba el vínculo entre ficción y realidad.

El grupo se propuso buscar en la ficción no la realidad, sino la manifestación de la verdad, y conversar acerca de cómo las obras maestras de la literatura podían servir en el contexto de opresión que padecían como mujeres. Todo debían hacerlo con extremo cuidado, pues las mujeres eran castigadas por correr en los pasillos, por reírse en la calle, o por hablar y saludar con hombres. En las instituciones había guardias que rebuscaban los bolsos para confiscar un lápiz labial o un maquillaje. Era imposible pintarse el pelo, ni siquiera un mechón, y quienes profesaban religiones distintas del islam eran encarceladas.

Las mujeres fueron obligadas a cubrir el cabello con un pañuelo. Se impuso el uso del velo en espacios públicos y el vestir el chador o un manto largo. Los colores muy vivos del pañuelo –o de la corbata de los hombres– significaba simpatizar con la decadencia de Occidente y con el imperialismo. También es considerado corrompido estrechar la mano a otras personas, aplaudir en reuniones públicas o silbar tonadas. Después de la Revolución se redujo la edad de las mujeres para contraer matrimonio: de 18 a 9 años. La lapidación era el castigo para el adulterio o la prostitución. Para el régimen, todas las mujeres son musulmanas.

En las escuelas eran objetos prohibidos las novelas y las pulseras.

Hay testimonios de mujeres que fueron amonestadas por considerar que, en el almuerzo, mordían las manzanas de un modo ‘demasiado seductor’. No se podía llevar las uñas largas o peor pintadas. El Irán actual es un régimen social en el que los padres y los esposos pueden objetar ciertas actividades de las mujeres. Las reuniones mixtas, entre hombres y mujeres, no están permitidas. En una época, en las aulas universitarias, las mujeres recibían clases separadas de los hombres. Ante la ley, la mujer pasó a valer la mitad de lo que valía un hombre.

Para las mujeres –objeto de redadas, detenciones y ejecuciones públicas– manifestar emociones es antiislámico. Los hombres podían tener cuatro esposas oficiales y todas las esposas temporales que quisieran (o sea, esposas por 10 minutos o 99 años). Todo este horror lo cuenta Nafisi en Leer ‘Lolita’ en Teherán, un libro publicado en 2003. Las mujeres no podían cantar porque, según la teocracia, su voz, lo mismo que el cabello, era provocativa sexualmente y debía mantenerse oculta. Según Nafisi, defensora del derecho a la imaginación, uno de los peores crímenes de este régimen brutal es el asesinato de los sueños de las iraníes. (O)