Y bueno, no es la primera vez que excelentísimos presidentes y gloriosas Fuerzas Armadas ecuatorianas le han rendido honores a un “presidente” que a más de ser enconados enemigos del castrochavismo venezolano, no han presentado la certificación que los reconozca como tal –presidentes democráticos- en un contexto político claro.

(Aclaración necesaria: lo actuado por el ciudadano Nicolás Maduro es impresentable. Lamentablemente, un problema cuya solución está en manos del pueblo e instituciones venezolanas.)

Finales del año 2018. Juan Guaidó, entonces diputado del partido Voluntad Popular, se hace de la presidencia de la Asamblea Nacional de Venezuela de mayoría opositora, convoca a una movilización –una de las instituciones convocadas fueron las Fuerzas Armadas- para derrocar a Nicolás Maduro, y el 23 de enero de 2019 “Con el apoyo del entonces gobierno estadounidense de Donald Trump, del Grupo Lima y de otros países, el político opositor se proclama presidente interino o encargado de Venezuela”. Durante los dos años siguientes los Estados Unidos, los grupos opositores venezolanos y el infalible Lenín Moreno, lo ratifican y apoyan como el “legítimo presidente de Venezuela”. Lenín Moreno desfiló con el “presidente” Guaidó por el malecón de Salinas. Le rindieron honores, lo condecoraron, se fotografiaron.

Pero Guaidó salió de la esfera pública. Rusia y Ucrania se declararon en guerra, y la administración Biden se sentó –ahora sí– con el presidente Nicolás Maduro para hablar de negocios petroleros. Ellos lo pusieron, ellos lo olvidaron.

En política nadie da puntada sin hilo. Y en tiempo de elecciones, menos.

Seis años después de la etapa Guaidó el guion se repite, solo que son evidentes las intenciones electoreras que el candidato presidente Daniel Noboa le dio al encuentro con Edmundo González, otro proclamado “presidente” por quienes acusan de fraude a la reelección de Maduro: ellos juegan sin árbitro o con árbitro en contra y en cancha inclinada, pero no lo demuestran en derecho. Aún.

Noboa y González salieron al balcón de Carondelet a darse un baño mutuo de campaña. El anfitrión invitó a las autoridades seccionales de la RC5 a almorzar con González. Era su obligación, y ansiaba unos puntos de popularidad en la opinión pública.

Esa estrategia de campaña terminó por deslegitimar la acción. Además, ¿es la actual administración ecuatoriana el mejor ejemplo de las demandadas “constitucionalidad”, “democracia”, “justicia” y “libertad”? ¿Ya le consultaron a su vicepresidenta Verónica Abad? ¿El bloqueo a Topic, sirve? ¿Aprobarían que Maduro designe a sus tres próximas vicepresidentas por decreto?

¿Se sentaron a hablar en serio sobre violencia, a propósito de los reportes que esta misma semana ubican a enero como el mes más violento de la historia ecuatoriana: una muerte violenta cada hora? ¿Decidieron al menos un pronunciamiento sobre las deportaciones masivas de migrantes, en condiciones inaceptables, encadenados a la cintura y esposados a la espalda?

No. No lo hicieron. En resumen, y como atinó la caricaturista Vilmatraca: González debió sentirse como en casa. La de Maduro. (O)