No tengo la menor duda de que la información es poder. Poder para quien la posee y ventaja frente a quien no la tiene.
Pero para llegar a ello, es fundamental, primeramente, que contenga datos reales; que la información sea confiable.
Por el contrario, poseer información errónea, inexacta o poco confiable es una gran desventaja, e incluso las consecuencias pueden ser mucho más devastadoras que cuando simplemente no tenerla.
Imaginen, por ejemplo, un piloto de avión con información errada de su ruta, un inversionista en bolsa con data errada al momento de comprar o vender, un abogado con data equivocada respecto de los plazos para presentar recursos, un repartidor de encomiendas con data de direcciones equivocada, un constructor con información errada de cálculos estructurales o un médico con data de exámenes de laboratorio equivocada.
He citado muy pocos casos de la vida normal en los que una información errada puede causar daños irreparables, para graficar la importancia de contar con información confiable. Cuando se trata de intereses nacionales el daño puede ser mucho mayor cuando no se trata de información simplemente equivocada, sino de data intencionalmente manipulada.
Tradicionalmente la data pública la manejaba el Estado y los medios de comunicación tenían acceso a ella para amplificarla a la sociedad. Pero a raíz de la era digital esa información y todas sus distorsiones pululan en redes sociales y portales digitales, formales y anónimos, en muchos casos, a la medida de quien paga su difusión, manipulación u ocultamiento.
Si a ese panorama le agregamos lo que en términos coloquiales se denomina “Mala Leche”, de ciertos actores políticos y comunicadores de alquiler, que libran diariamente batallas acanallando a todo aquel que piensa diferente o lamiendo la suela de los zapatos de sus patrocinadores, tenemos el Ecuador de hoy, en el que no se sabe qué es real y qué es ficción.
Peor aún en el momento electoral que vivimos, con un Gobierno en carrera para reelegirse y la otra tendencia buscando volver al poder. Por eso mismo es que, con frecuencia, leo o escucho a personas con formación académica, e incluso, exitosas en sus actividades personales o empresariales, repetir cada barbaridad como verdad absoluta, convencidos que lo que dijo tal o cual político, radiodifusor u opinador político es verdad.
¿Cuál es la data real sobre la violencia en el Ecuador? ¿Creció o decreció a economía? ¿Aumentó el desempleo? ¿Cuál es el costo real de la canasta básica? ¿Cuál es la inversión real del estado en seguridad? ¿Cuánto le debe el Estado al IESS?
Encontraremos muy variadas y contradictoras respuestas a estas preguntas en fuentes oficiales, redes sociales y medios. Todo dependerá del medio, de los intereses de su propietario y de sus principales auspiciantes, o de los afectos y desafectos personales o ideológicos con los actores políticos involucrados con la data. Con honrosas excepciones, como siempre.
Una nación que no cuenta con data confiable está condenada a vivir en la oscuridad de la impunidad y la manipulación. (O)