En La Habana hay noches que no terminan. No por fiesta, sino por apagón. El régimen ha declarado un “segundo período especial” y la expresión suena a eufemismo administrativo. Pero en las casas cubanas no se habla en consignas: se habla a oscuras, se cocina con lo que aparece, se duerme con el ventilador apagado y la incertidumbre encendida.

El primer período especial, en los años noventa, fue la resaca del derrumbe soviético: bicicletas chinas, apagones interminables, carne convertida en recuerdo. Tres décadas después, la historia regresa como farsa trágica. Esta vez no hay bloque socialista que culpar ni subsidio que esperar. Hay un modelo exhausto que insiste en sobrevivirse a sí mismo.

Las escenas son mínimas y devastadoras. Una madre que divide una libra de arroz para que alcance hasta el jueves. Un médico que gana menos que un taxista informal. Un jubilado que mira su pensión evaporarse con cada aumento de precios. Hospitales sin insumos, farmacias vacías, transporte colapsado. El salario estatal ya no organiza la vida: la desordena.

Y mientras la economía se apaga, la maquinaria represiva mantiene corriente propia. Esta semana se han producido nuevas detenciones de activistas. Son arrestos breves o prolongados, citaciones intimidatorias, vigilancia constante. No son estadísticas: son puertas que se golpean de madrugada, hijos que preguntan dónde está su padre, teléfonos que dejan de contestar. Desde el 11 de julio de 2021, protestar en Cuba equivale a exponerse a la cárcel. El mensaje es claro: se puede admitir la escasez, pero no la discrepancia.

La emigración es el termómetro más honesto. Cientos de miles de cubanos han salido en los últimos años, en una de las mayores olas migratorias de su historia. No se huye de un debate ideológico. Se huye del hambre, de la falta de horizonte, del miedo. El mar vuelve a ser frontera y promesa.

Frente a este deterioro visible, América Latina ensaya una coreografía conocida. Declaraciones tibias, llamados abstractos al “diálogo”, apelaciones rituales a la no injerencia. Gobiernos de distinto signo coinciden en algo: evitar la palabra dictadura. Y, sobre todo, esperar. Esperar qué hará Washington. Esperar si Donald Trump regresa y redefine la política hacia la isla. Esperar que el problema se resuelva lejos.

Esa espera es una forma de renuncia. Convertir la tragedia cubana en variable de la política estadounidense es abdicar de la responsabilidad regional. La defensa de los derechos humanos no puede depender del calendario electoral de otro país. Tampoco puede someterse a nostalgias ideológicas que aún ven en La Habana un símbolo romántico y no un régimen que encarcela disidentes.

Declarar un “segundo período especial” es admitir que el experimento fracasó. Persistir en el mismo esquema es prolongar el sufrimiento. Cuba no necesita más épica revolucionaria ni más retórica antiimperialista. Necesita libertad para emprender, para disentir, para elegir.

La pregunta no es cuánto resistirá el poder. Es cuánto más deberá resistir la gente común. Y cuánto tiempo más seguirá América Latina administrando su silencio mientras la isla se queda, literalmente, sin luz. (O)