En la actualidad, la comunidad internacional enfrenta desafíos sin precedentes, muchos de los cuales avanzan más rápido de lo que nuestras instituciones son capaces de resolver. Este es el contexto en el que las Naciones Unidas han convocado la próxima Cumbre del Futuro, un evento crucial para replantear los mecanismos de cooperación global. Desde Ecuador, un país comprometido con los Objetivos de Desarrollo Sostenible y miembro fundadorde la ONU, debemos observar este momento como una oportunidad para reflexionar sobre el papel de los países en desarrollo en la toma de decisiones globales.
Hoy, los líderes mundiales enfrentan una realidad contundente: conflictos violentos, divisiones geopolíticas, desigualdad, racismo y la discriminación, siguen erosionando la confianza social. A estos problemas tradicionales se suman amenazas nuevas y existenciales como el cambio climático, la degradación ambiental y el vertiginoso desarrollo tecnológico, especialmente en el ámbito de la inteligencia artificial, una herramienta aún no regulada adecuadamente.
Ecuador, está inmerso en el desafío de construir un futuro más equitativo y seguro para sus ciudadanos. Esta realidad no es solo nuestra: la arquitectura financiera mundial continúa siendo desfavorable para países como el nuestro. Estos sistemas perpetúan una dependencia del endeudamiento externo y sofocan las posibilidades de crecimiento al imponer condiciones que impiden invertir en las personas y en su bienestar.
El camino hacia la equidad y la justicia también debe incluir una mayor participación de los jóvenes quienes heredarán el futuro, y de las mujeres, cuya plena participación sigue obstaculizada por barreras históricas. En Ecuador, debemos seguir promoviendo la igualdad de género y la diversidad como pilares del desarrollo. La diversidad no es solo una meta deseable; es una necesidad si queremos que la cooperación mundial se mantenga efectiva y legítima en el siglo XXI.
Los problemas estructurales de las instituciones internacionales, que fueron diseñadas en la década de los años cuarenta, ya no responden a los tiempos modernos. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, por ejemplo, sigue reflejando la composición de un mundo de posguerra que no está enteramente alineada a la actual coyuntura, limitando la representatividad y plena participación de múltiples voces mundiales.
Ecuador siempre ha mostrado un fuerte compromiso con el multilateralismo, incluso en su papel actual como miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU. El país ha asumido un papel de liderazgo en diversas iniciativas globales como la lucha contra la contaminación plástica y los derechos de las personas con discapacidad. Esto refleja la comprensión del Ecuador de que, dada la magnitud de los desafíos que enfrentamos, necesitamos a la comunidad internacional. Ningún país lo puede hacer por sí solo, la historia pasada y reciente nos lo ha demostrado.
Uno de los aspectos más esperanzadores de la Cumbre del Futuro es la Nueva Agenda de Paz. Este plan incluye la modernización de los instrumentos internacionales para prevenir y resolver conflictos, y extiende la definición de seguridad más allá de la violencia armada, abarcando la violencia de género y las amenazas emergentes relacionadas con nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial. Propuestas como estas son cruciales, ya que reconocen que la seguridad no es simplemente la ausencia de conflicto, sino la creación de condiciones que permitan a todos vivir sin temor a la violencia y en un entorno que respete los derechos humanos.
Desde el sector privado, pasando por la academia hasta la sociedad civil, las voces de los actores clave del mundo actual deben tener un espacio en las discusiones globales. La Cumbre del Futuro representa una oportunidad histórica para levantar la voz y proponer una cooperación internacional más inclusiva. El Consorcio de Gobiernos Autónomos Provinciales del Ecuador impulsó, con el apoyo de la ONU, un ciclo de diálogos y consultas territoriales que buscaron, precisamente, llevar la voz de las provincias hacia el mundo, aportando con insumos significativos esta Cumbre.
Finalmente, la crisis climática sigue siendo la mayor amenaza para nuestro futuro colectivo. No solo se trata de proteger nuestro medio ambiente, sino también de asegurar un desarrollo económico que sea sostenible y equitativo. Las decisiones que se tomen en la Cumbre del Futuro tendrán repercusiones directas en la capacidad de avanzar en la transición hacia una economía verde.
Es necesario enfatizarlo: la Cumbre del Futuro no es solo una oportunidad de modernizar las instituciones internacionales; es una ventana para repensar el futuro que queremos construir, no solo para nuestros hijos, sino para nuestros nietos. Para que las soluciones globales sean efectivas, deben ser inclusivas, y es responsabilidad de todos los países asegurar que la cooperación mundial esté alineada con los desafíos del siglo XXI.
Las Naciones Unidas se encuentran en una posición única para actuar como plataforma y espacio de reunión global. A pesar de las críticas que a menudo enfrenta, la Organización sigue siendo un pilar fundamental en el orden internacional.
Desde mantener la paz y la seguridad internacionales hasta promover los derechos humanos y el desarrollo sostenible, la ONU actúa como un foro de diálogo y cooperación entre naciones, facilitando la resolución pacífica de conflictos y la coordinación de esfuerzos para enfrentar crisis humanitarias y ambientales.
Y al finalizar la Cumbre, esperaremos por un Pacto del Futuro sólido, coherente y esperanzador, que guíe la senda de las naciones hacia las siguientes décadas, edificando un planeta saludable, en paz, con personas viviendo digna y prósperamente. (O)