“Hagamos con el año lo que podamos”, escribía recién Thiago Ferrer en El País, indicando que los resultados de elecciones claves en 2024 (p. ej.: EE. UU., Rusia, México, Venezuela, Irán) irrumpirán el día a día del 2025.

En Ecuador se acerca el 9 de febrero y los ruidos que generan las redes sociales confunden, desinforman y ahuyentan el deseo de saber por su carga de violencia política, despotismo y mediocridad.

Ariel Goldstein (Página/12, 13/01/25) afirma que los dueños del capital ya no creen en la democracia, hoy existe “una violencia psicológica, simbólica, de destrucción del otro y de su identidad a partir de redes sociales (…) y guerras culturales”. Sergio del Molino (Ethic, 9/01/25) expresa que “mediante la repetición machacona y la intimidación se obtiene la imagen de unanimidad en torno al tema elegido”; democracia de pantalla.

En su despedida Joe Biden adelantó la amenaza de una oligarquía poderosa en el poder, aludiendo a los magnates de la tecnología que acompañarán al presidente Donald Trump en su gobierno. Añadió que la IA, vinculada al derrumbe de la prensa libre y la desinformación, vuelven vulnerable a la ciudadanía.

Si antes hablábamos del hombre masa, diluido en las aglomeraciones (J. Ortega y Gasset), hoy son evidentes la crisis de la autoridad y la rebelión de lo ‘público’ contra el statu quo, apunta Martín Gurri (Nueva Sociedad n.° 308). El homo informaticus desestabiliza sin pudor la jerarquía del viejo orden, lento y procedimental –gobierno, diarios, partidos, academia– creando un desbalance sin ventaja decisiva entre autoridad y obediencia, gobernantes y gobernados.

Cualquier error es amplificado como mensaje, marcando la agenda: “El homo informaticus ajusta su historia sobre el mundo en oposición a la del régimen”. Para Gurri, la información es un agente perturbador entre la jerarquía y el público: “La quinta ola de innovación tecnológica ha levantado la red: (…) aficionados despreciados ahora conectados entre sí por medio de dispositivos digitales”. Sin jerarquía ni deseo de gobernar, veloz, dispersa, inconstante e irreverente, la red puede sumar millones –con una persona o tema como eje– y provocar un derrocamiento, o disiparse en segundos.

En el s. XXI es capital que la opinión y acciones del público se alineen con el statu quo, lo que genera un asunto “de confianza, fe y miedo” en ambos lados, afirma Gurri. Son tres sus hipótesis: 1) La información influye sobre la política porque no puede ser digerida por el relato justificador de un gobierno; 2) Cuanta más información al público, más ilegítimo cualquier statu quo político; 3) El homo informaticus, constructor de la esfera de información, presenta un desafío existencial para la legitimidad de un gobierno.

Visto así, ¿sería deliberada la parquedad y toma de decisiones del presidente Daniel Noboa, más allá de su biografía, frente al parloteo en la red? Porque, al parecer, la sostenibilidad de la democracia resulta una paradoja. Por un lado, acogemos el análisis de los sucesos y, a la vez, el consumismo informático que lo tapona. Cada uno decide el camino a tomar. Los gobernantes también. (O)