Tan movido como el frente interno ha estado el internacional en recientes días. Y de entre los detenidos en allanamientos, los censurados en Asamblea, los renunciantes en municipios, el nuevo orden petrolero mundial o los expríncipes apresados por sospecha de pedofilia ha pasado de agache localmente un tema muy importante en el contexto mundial: la comparecencia a juicio por presunto impulso a adicciones, a través de sus propuestas tecnológicas, de la principal cabeza de Meta, Mark Zuckerberg.
Sí, el ex niño genio creador de Facebook y dueño también de Instagram, entre sus redes sociales, que a la vez están entre las más utilizadas en el orbe, fue ante un juez empujado por la denuncia de una usuaria que cree que en su adolescencia el uso desmedido de esas plataformas le generó depresión y hasta pensamientos suicidas. Y lo que más se escuchó responder durante horas de interrogatorios al ahora adulto Zuckerberg fue un “No” acompañado de condicionales, como “No creo”, “No me parece”. Para muestra: cuando el abogado acusador cuestionó sobre si la gente tiende a usar algo con mayor frecuencia si es adictivo, como ha planteado el caso de su clienta, las respuestas del líder de Meta fueron, palabras más, palabras menos: “No estoy seguro de qué decir sobre eso”, “No creo que eso se aplique en este caso”. Respuestas, sin duda, sugeridas por su equipo de abogados, que debe haber hasta ensayado con él cómo no autoincriminarse con el uso de lenguaje abstracto.
Pero más allá de lo que ocurre en los tribunales, el uso desmedido de la tecnología en menores y adolescentes debe ser tratado como lo que es: un serio problema de conducta y desarrollo que se alimenta de la dependencia que generan, sobre todo en esos públicos, tales aparatos que cada vez están más al alcance de estos grupos vulnerables. Y si la posible adicción es una preocupación inmensa, no lo es menor el de la falta de concentración y déficit de razonamiento que ya varios estudios han puesto sobre el tapete, debido a que muchos de los menores, especialmente, han decidido que el smartphone o la tablet son parte de su estructura mental y le delegan el pensar en acciones cotidianas que, por muy repetitivas que parezcan, no dejan de ser parte importante en el desarrollo cognitivo.
Siempre he aplaudido a quien desarrolló el GPS, que de entre los descubrimientos de fines del siglo pasado me parece uno de los más brillantes, y cuánto me ha servido en mi transitar por el mundo. Pero de ahí a que los chicos quieran usarlo ahora hasta para ir a comprar el pan que está a la vuelta de la esquina, me parece un despropósito que resta gimnasia a un cerebro que en el caso de ellos no da aún muestras de desgaste.
Entiendo que, en el duro escenario judicial de su país, Zuckerberg haya optado por frases rígidas para responder. Pero más allá de lo digital, pienso que los promotores de filtros que asemejan cirugías plásticas e impulsan aparentes adicciones a la perfección estética deben participar en la búsqueda decidida y responsable de mecanismos que eviten que los menores vivan pendientes de las tendencias, y que se escapen del mundo para navegar en ellas. (O)










