El autor Franz Kafka dijo una vez: “Si creemos apasionadamente en algo que todavía no existe, lo creamos. Lo no existente es todo lo que no hemos deseado suficientemente”.
Recuerdo en mi niñez Milagro, una pequeña ciudad de unos 20.000 habitantes, donde para todos el mejor futuro era el ingenio, había trabajo, comida, vivienda. Tan verdad era esto que mucha gente venía de otras provincias a trabajar aquí. Yo experimenté lo que es trabajar ocho horas por un sueldo insignificante y no me gustó. Le dije a mi padre cómo me sentía y que quería estudiar Medicina; en esa época el único médico del lugar era el doctor Miguel Campodónico, y le dije a mi padre que quería ser cómo él y que iba a lograrlo.
¿Quién te hizo esto, ciudad amada?
Para estudiar me fui a Riobamba como interno con los jesuitas. Di todo de mí al estudio y al deporte hasta que me gradué de bachiller. De ahí fui a Cuenca por nueve años a estudiar Medicina. Me casé y tuve dos hijos. Fui a realizar las prácticas médicas en la ruralidad de la parroquia Simón Bolívar, donde me quedé tres años cruzando esteros y ríos en puentes de caña; como me gustaba, lo hice con mucho amor y satisfacción. Después estudié cuatro años en la Escuela de Comunicación de la Universidad de Guayaquil, a la cual apoyé y fuimos al rectorado a pedir al arquitecto Jaime Pólit Alcívar que nos convirtiera en lo que es hoy, la prestigiosa Facso.
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Y aquí estamos, felices de haber logrado lo que quisimos. Tengo mi clínica; fui miembro del directorio de la Fenape; escribí por 30 años en el diario Extra y 40 años en el semanario La Verdad; fui miembro del directorio del Colegio de Médicos y miembro del Colegio de Periodistas del Guayas, y muchas cosas más que me llenan de felicidad porque logré lo que yo quise sin que nadie me obligue ni me ruegue. La felicidad y el éxito dependen sobre todo de nosotros mismos. (O)
Hugo Alexander Cajas Salvatierra, médico y comunicador social, Milagro