Nosotros los indígenas no nos liberamos del yugo español por haber destruido nuestras costumbres religiosas, sociales y económicas. Nosotros nos rebelamos porque no nos permitían los españoles participar de su cultura occidental que narraba relatos de libertad, igualdad, fraternidad, capitalismo, elecciones y democracia. Queríamos gozar de lo mismo que un español.

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La aculturación en las tierras trasandinas, andinas e interandinas llegó a tal contundencia, que nos independizamos en el nombre de la ideología humanista liberal de los colonialistas. Ningún independentista dijo: “Levantémonos con palos y hondas para volver a la adoración de la Pachamama, a los sacrificios de sangre con el fin de que los dioses provean apacibles lluvias a nuestros maizales, proclamemos un señor para rendirle pleitesía; y en represalia contra nuestros enemigos españoles, practiquemos la reducción de sus cabezas para exhibirlos en los estantes de nuestras chozas como trofeos de esta gloriosa guerra de independencia que será contada mediante quipus”. Lo que hicieron, más bien, fue levantarse con espadas de acero y cañones, convertirse en fieles católicos y productores de trigo, proclamarse como república, venerar la dignidad humana, y darse una constitución con el alfabeto latino basada en los derechos humanos, tal como los imperialismos europeos y norteamericanos lo hicieron. El solo sentimiento de emancipación era de por sí herencia cultural del liberalismo de los opresores, porque, a malas para los resentidos, somos su proyección. (O)

Patricio Álvarez Alarcón, Quito