Así, sin adjetivo, es lo que somos en estos tiempos de pandemia. Limitados, frágiles, finitos, egoístas, generosos y temerosos de la muerte. Contrario a las teorias de Harari, el escritor israelí, quien saludaba un nuevo tiempo con el auspicioso título de su libro: “Homo Deus” afirmando que viviríamos más de 120 años, cuando hoy solo queremos que un virus originario de China no acabe con nosotros y nuestros seres queridos al final del día. No tenemos los laboratorios farmacéuticos tan innovadores, fuertes y rápidos para responder a una pandemia como esta. Somos locales en tiempos de loas y alabanzas a la globalización agonizante. Somos seres humanos humillados ante un virus de rápida propagación y dispuesto a humillar a cualquier liderazgo político por más pintado que sea que se le ponga enfrente. No somos más que eso y nos creíamos inmortales o por lo menos superando los años que vivieron nuestros padres.
La realidad es que la industria farmacéutica no ha descubierto nada nuevo ni original desde los tiempos del viagra, cuando buscando un medicamento para el corazón resolvieron otra cuestión. La mina de la industria ha venido siendo destruida de manera constante y voraz: las selvas y entre ellas la farmacia llamada amazonía. De ahí se surtieron la mayoría de los conocimientos que fueron llevados luego a tomar formas de pastillas. Hoy la degradación del medio ambiente, que curiosamente tiene un respiro ahora, es la causa central de muchos de los males de la humanidad. Solo el dengue lleva matando más personas en este verano en Paraguay (56) que en la misma cantidad de tiempo la COVID-19 (8). No es circunstancial tampoco que este país sudamericano tenga el nivel de defortestación más alto de América Latina. Eso también explica el malestar que tienen varios líderes políticos ante las verdades expuestas por la joven escandinava Greta que desde su adolescencia tan madura puede gritarles con tanta crudeza su responsabilidad en limitar las capacidades de vida de millones de seres humanos. Somos homos frágiles e inseguros que a pesar de nuestra evolución mantenemos una adolescencia raigal de no querer escuchar ni entender la experiencia de la vida en su trajinar de millones de años. No sabemos cuántos muertos requerimos para aprender, ni cuánta economía destrozada deberá observarse para que el supuesto homo sapiens reconozca la necesidad de cambiar por completo sus paradigmas de crecimiento económico que no son iguales al de desarrollo. El primero es tener más, lo segundo.. es ser más.
Los grandes ejes de reflexión deberían darse sobre lo que nos recuerda esta pandemia y el aprendizaje debe darse sobre el doloroso proceso de comprobar que la China global, ambiciosa comercialmente e ilimitada en su deseo de ser una potencia global, ha quedado atrás, al igual que la postura aislacionista de EE. UU. o de Europa, incapaces de encontrar una miserable vacuna, a pesar de presumir de tener 90 de las 100 mejores universidades del mundo en sus territorios. Hoy han vuelto a creer en conocimientos y métodos antiguos utilizados por descarte mientras siguen sumando el número de cadáveres que deja esta pandemia.
La gran lección de esta historia, que la aprendemos con dolor y desesperanza, es nuestra finitud, y un gran golpe al ego particular y global de reconocer nuestras notables limitaciones personales y grupales ante una pandemia, que ha desnudado por completo la realidad que nunca quisimos admitir ni su gravedad y menos su tamaño. (O)