La expansión del coronavirus desde China hacia el mundo ha demostrado la notable fragilidad e incertidumbre que reina en el mundo. La epidemia, mucho menos letal que otras, sin embargo ha tenido un impacto global nunca antes conocido. Para los expertos, es una de las tantas formas de manifestación de la influenza cuya letalidad siempre es importante en personas de mayor edad o que presentan patologías anteriores que las vuelven más vulnerables. Puso también en evidencia que hay muchas “epidemias” permanentes cuyos costos en vidas humanas son mayores, como el alcoholismo, tabaquismo, drogas y varios tipos de cáncer a los cuales parece haberse acostumbrado el género humano que ya no tiene el mismo miedo que se da ahora con el coronavirus.

Quizás habría que poner esta enfermedad en el contexto global de una economía dominada por el precariato, en el que nadie está seguro de nada y se desarrollan y magnifican aún más estos temores. Desde este contexto social, es lógico que la precariedad se sienta de manera más evidente y los miedos se expandan de manera aún más vigorosa. Si le sumamos en el trasfondo la guerra comercial entre China y EE. UU., podríamos ver la satisfacción de estos últimos al frenazo de la economía asiática que ha puesto en serios riesgos la dominación americana y europea. Lo singular, sin embargo, es que el comercio tiene hoy una lógica global y cuando la economía china se enferma y estornuda, todo el mundo padece sus consecuencias de manera literal y simbólica. La caída de las bolsas llevadas por el temor del frenazo ha hecho que los norteamericanos bajaran la tasa de interés en el ánimo de estimular el consumo, produciendo la satisfacción de un Trump, interesado en su reelección. El miedo es uno de los grandes motores de la humanidad. Sobre este se han consolidado imperios y se ha dibujado el mapa de los poderes mundiales, y en ese contexto el coronavirus debería ser analizado y entendido.

En temas de gestión política, desnuda todas nuestras precariedades ya conocidas en materia de salud pública, solo que cuando pasen los efectos del temor volveremos a la cotidiana experiencia de sobrevivir a cómo sea y nunca prepararse de antemano para circunstancias similares. Los países de vanguardia, como Singapur, afinan estrategias cada vez más eficientes y aprenden de circunstancias similares desarrollando mecanismos que integran la salud a la seguridad nacional, permitiendo el control de movimiento de las personas de manera tan eficaz que solo en gobiernos autoritarios es posible implementarlo.

Los miedos a las epidemias tienen su impacto en lo religioso. Los apocalípticos hablan más fuerte sobre “el fin de mundo” y la necesidad de arrepentirse ante un dios cuya estatura es mayor en circunstancias como las actuales. El negocio de las farmacéuticas se incrementa, la batalla por las vacunas se convierte en fundamental y de improviso ven que algunas ya en uso pueden ser notablemente eficaces contra esta nueva epidemia que ha desnudado todos los miedos con los que convivimos en este cambio de era que experimentamos. El temor al futuro es mayor cuando la memoria humana rescata a las epidemias y sus costos en vidas humanas a lo largo de la historia. Reitero, mucho mayores en los habitantes que los que padecemos en la actualidad, pero no menos temerosos aquellos en sus reacciones. (O)