En interesante observar el aumento del costo del Estado en toda América Latina a lo largo de estos años y cómo proporcionalmente bajó el nivel de eficacia (de hacer aquello que manda la ley) de las sucesivas administraciones. El gasto público creció mientras los niveles de eficiencia del sector privado bajaron y se multiplicaron los ricos en ambos sectores. Algunos políticos multiplicaron sus ingresos y unos nuevos empresarios se volvieron millonarios con su alianza con el Estado. Esto no es ninguna novedad y ha venido ocurriendo desde que somos República, pero lo notable es la consecuencia de este fenómeno de corrupción en la falta de renovación de nuestros cuadros políticos y la ausencia de empresas innovadoras que estén dispuestas a mejorar el mercado con una calidad de servicios y de productos que las hagan competitivas a nivel global. América Latina tiene muy escasas marcas de ese alcance, pero muchas empresas que han hecho ricos a sus dueños en alianza estratégica con el Estado.
La corrupción es un “tango que se baila de a dos” es una frase común afirmando la directa relación de lo público con lo privado, cuando en realidad el problema es la desnaturalización real del sentido de servicio o la falta de eficacia del Estado y de eficiencia del sector privado. Lo público ha sido cooptado por el partido de gobierno que convirtió al mismo en un botín generoso que alimentó a su nomenclatura y sus seguidores hasta que aquello no dio para más. Los dos partidos de Venezuela se turnaron en el poder por casi 40 años con el mismo esquema de gobierno hasta que Chávez, hace poco mas de 20 años atrás, dijo encarnar los valores opuestos a su modelo de gestión. Muchos incautos le creyeron, cuando en realidad superó a los dos partidos en menos tiempo en términos de daño, perjuicio, corrupción y despilfarro. La gran pregunta es sí somos capaces los latinoamericanos de cambiar esta ecuación que solo ha traído subdesarrollo, inequidad y miseria en muchos casos. Para esto habría que cambiar el sistema, acaso el desafío más complejo y difícil en sociedades donde el estancamiento ha sido tomado como norma y en donde un planteo diferente casi siempre termina consolidando aquello que se quería combatir. Requerirá una mirada distinta de lo público, lo privado, el gobierno, los ciudadanos y los partidos. Es posible que la información como insumo y la tecnología como plataforma sirvan para acelerar los procesos pero claramente debe existir, antes que nada y por sobre todo, un verdadero deseo de cambiar.
Algunos pueden denominar al proceso como revolucionario y otros con mas tiempo: evolución, pero es imperioso entender antes su pertinencia y urgencia. Si no somos capaces de visualizar que este sistema no puede producir nada más que lo que ya conocemos, con los procedimientos ya comprobados y los resultados constatados nada habrá cambiado.
De momento hay una clara irritación ciudadana que ya se transformó en ira, fuego y violencia. Se echó mano a lo conocido: diálogo, renuncias y redacción de una nueva Constitución pero todo esto no alcanza si no somos capaces de ver el fin de un sistema y la urgente necesidad de construir uno alternativo que tenga al ciudadano como objeto y sujeto. Todo lo demás solo incrementa la irritación y la ira. (O)