Esta es una corta palabra que explica lo que la razón no puede explicar. Es creer sin ver para algunos, pero por sobre todo, es anteponer lo positivo a lo que claramente no tiene atisbo de ello. Somos un pueblo de inteligencia emocional, guiado por prejuicios, inundado de sobresaltos afectivos y víctimas muchas veces de los afectos más que de los argumentos racionales. Queremos creer que las cosas pueden ir bien aunque muchas veces las emociones son simples coartadas para vengarnos por el resentimiento del éxito de los demás para justificar nuestros propios fracasos. Somos victimistas y culposos de los otros. Somos un pueblo joven que aún le cuesta madurar, a pesar de las evidencias en contrario. Queremos que las cosas anden bien cuando estamos asistiendo muchas veces de manera activa de la repetición de algo que probó ser un fracaso. Nos cuesta construir las evidencias mas allá de la fe.

Esta debilidad de la sociedad es aprovechada por una pandilla de cínicos que construyen el relato del populismo, del conseguir las cosas por el camino del subsidio y dejar a un lado el trabajo, el esfuerzo y la educación que antes eran los valores a través de los cuales se construía el ascenso social. Hoy todo eso importa menos entre nosotros, por eso nuestros jóvenes talentosos o estudiosos no se quedan en nuestros países si no que alimentan a naciones que son receptivas a ese tipo de capacidades que cada vez valen más en este siglo del conocimiento. Nos rebela reconocernos menos en estos campos y cargamos contra aquellos que se nutren de lo que nosotros no somos capaces de estimular y promover. La sociedad adolescente que somos debe confiar más en sus capacidades y darles menos valor a los “destinos históricos negativos” con lo que se pavimenta el camino hacia el fracaso y el subdesarrollo.

Cuando creímos en lo que hace próspero a un país, nos fue muy bien. Cuando hicimos de la educación y de los maestros la base de la prosperidad, fuimos capaces de generar talentos en todas las áreas de conocimiento. Pero vinieron los políticos que en vez de promover a los rezagados y brindarles oportunidades acabaron convirtiéndolos en una legión de resentidos que acabaron confrontando con las mismas bases que los habían llevado a tal condición. Se enamoraron de su tragedia y unos cuantos líderes avivados terminaron por manipularlos y engañarlos. Muchos de estos fueron muy bien educados y son el resultado de esa misma evolución que negaron a los suyos. Pertenecieron a los círculos sociales cerrados contra los cuales cargaron simplemente porque sus emociones no se alinearon a las de ellos.

Latinoamérica requiere reconciliarse con la razón, con la ciencia, con el conocimiento que brinda oportunidades. Con el trabajo que dignifica, con la belleza que ensalza la condición humana y con la solidaridad que hace realidad los sueños colectivos. Hay que tener fe en uno mismo. Creer que es posible que esta región tan rica y vasta tenga las oportunidades de hacer con su gente que la riqueza abundante alcance a todos y no seamos la referencia de la violencia, la inequidad ni la injusticia. Podemos construir ese sueño latinoamericano cuando trabajemos nuestras fortalezas y no tanto referenciar nuestras debilidades. Los que manipulan y engañan parten siempre de lo mismo porque están seguros de que las emociones acabarán sobreponiéndose a la razón.

La única fe que nos merecemos es la que sostenga los valores positivos y no aquellos que evaden, engañan y llevan al fracaso. (O)