Que la única verdad es la realidad pareciera confirmarse tanto en Bolivia como en Chile. Dos países divididos por la historia de la guerra del Pacífico que dejó sin costa marítima al primero y que ahora sus gobiernos han convocado a la furia ciudadana por aparentes temas disímiles. En Bolivia, un presidente como Evo Morales, a quien el pueblo le dijo en un referéndum que estaba cansado de sus tantos años de gobierno pero que desoyó su mandato y manipuló la decisión con una Corte de Justicia abyecta que le dijo que nadie por una cuestión de derechos humanos podría ser cercenado a un nuevo periodo presidencial (¡). Lo del domingo pasado ha sido solo la confirmación del hastío ciudadano y Morales vuelve a intentar levantarse sobre la decisión popular. Pareciera que la visión de lástima de Bolívar –en cuyo nombre le han puesto la denominación a la República– solo puede reparar su destino por el camino de la violencia. Los resultados han sido amañados, la voluntad del pueblo burlada y solo quedó espacio para la furia. Los fastidiados y engañados quemaron locales electorales y derribaron la estatua de Chávez en el departamento de Beni, y parece ser solo el comienzo. Una asustada misión de la OEA abre el paraguas y dice que lo mejor será ir a una segunda vuelta en diciembre y dirimir el ganador en esa parada. Mientras tanto la furia crece en varias ciudades bolivianas que conociendo el carácter volcánico de ese pueblo puede acabar derribando gobiernos, colgando presidente o haciendo justicia al nombre del palacio presidencial: quemado. Son tiempos fieros cuando no se escucha a la gente.

En la otra capital regional, en Santiago de Chile, un abrumado presidente Piñera salió a reconocer que los sucesivos gobiernos de la democracia han puntualizado el crecimiento económico que sin igualdad ha generado una olla a presión que explotó por un leve incremento del precio del pasaje del metro. Eso era solo la chispa. La paja estaba servida hace mucho tiempo, solo faltaba el fuego. Los chilenos, que tienen la sede de la Cepal en su capital, han venido repitiendo que la desigualdad del país junto con la de Brasil y Paraguay era una cuestión urgente que tendría que haber sido abordada. No lo hicieron y la furia ganó las calles al tiempo de asombrar a la primera dama trasandina que creyó estaba viendo una invasión de “alienígenas” quemando y muriendo. La gravedad de la situación llevó a calificar al mandatario como de estado de guerra. Buscando domar la furia, Piñera ha puesto sobre la agenda todos los temas que irritan a su población y ha buscado consenso con los demás partidos políticos. Chile ha sido desbordado por una realidad con la que vivió ignorándola por demasiado tiempo. No se puede sostener ninguna democracia política sobre las necesidades insatisfechas de la gente, sobre el hambre y menos en pobreza y desigualdad. Hay que hacer la democracia social y acabar con los ditirambos políticos que están agotados por repetitivos y egoístas.

Respeto institucional a los mandatos del pueblo en Bolivia y asumir la realidad económica y social en Chile son solo dos ribetes de una América Latina necesitada de reconciliarse con su pueblo, al que se dirige en los comicios pero no acata sus mandatos, y sobre quien afirma conducir sus políticas pero que sin embargo sus consecuencias no se sienten reflejadas en sus vida. La furia desatada en Bolivia y Chile nos demuestra que no se puede seguir siendo la región más desigual del mundo y que nada pase. Eso se acabó. (O)