A las 18:58 del 16 de abril de 2016 se marcó un antes y un después en Ecuador. Un terremoto de 7,8 se originó en la localidad manabita de Pedernales, hubo más de 600 fallecidos, y los daños también se evidenciaron en Guayaquil, a 380 kilómetros de distancia.
En una de las vías principales de la urbe, en la av. de las Américas, un tramo de un paso a desnivel colapsó y aplastó un vehículo que giraba en U en la parte inferior.
En medio de la oscuridad, puesto que la ciudad quedó sin suministro eléctrico, hubo ciudadanos que se acercaron a la escena para intentar rescatar a dos ocupantes del auto. Una pareja quedó atrapada, el esposo murió y la mujer resultó herida.
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Esta escena fue una de las más dramáticas que dejó el terremoto en Guayaquil. Además, en la urbe se registró el colapso de una vivienda de varias plantas en las calles García Moreno y Ayacucho.
En días siguientes, mientras se removían escombros del paso a desnivel, entre los escombros se encontró a un hombre que pernoctaba en el sitio.
En un balance municipal, en ese entonces, en la urbe se presentaron unos 25 inmuebles con daños estructurales. En general, el cabildo contabilizó 133 edificios afectados que fueron evaluados, de esos solo 108 presentaron daños menores.
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Además, el cabildo ejecutó revisiones en pasos a desnivel y se encaminaron reforzamientos en una estructura situada en la av. Kennedy y av. de las Américas, y la estructura colapsada se reemplazó por otra con alto componente metálico y con técnicas sismorresistentes.
Análisis de expertos sobre la vulnerabilidad
Felipe Espinoza, arquitecto y urbanista, explicó que el terremoto marcó un hito en la historia de la ingeniería y el urbanismo. Para él esa experiencia muestra que el peligro sísmico no depende únicamente de qué tan lejos se ubique el epicentro de la urbe, sino de la calidad del suelo donde está asentada una construcción. Hubo una lección fundamental para la planificación urbana: distancia no es seguridad, dijo.
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En la urbe, Espinoza explicó que el impacto fue un fenómeno de amplificación de ondas. En ese sentido, explicó que la geología de la ciudad, compuesta mayoritariamente por arcillas estuarinas y suelos blandos, actuó como una especie de resonador que aumentó la amplitud de las ondas sísmicas.
Los daños en puentes, según él, evidenciaron la vulnerabilidad de la infraestructura vial. Además, sectores del centro y sur sufrieron cortes de energía masivos por explosión de transformadores y daños en mampostería no reforzada, lo que dejó expuestos los problemas de funcionalidad y de servicios básicos.
Espinoza contó que entre las principales lecciones se evidenció que la respuesta del suelo varía drásticamente entre sectores, como en Mapasingue, donde hay roca, mientras que la arcilla en Kennedy. Se evidenció también la fragilidad de los edificios con piso suave y la falta de mantenimiento en armaduras metálicas corroídas.
Para el catedrático Espinoza, a una década del evento, Guayaquil mantiene una alta vulnerabilidad debido a la interacción suelo-estructura.
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En ese entonces, en el ámbito institucional, los informes de Insarag (Grupo Asesor Internacional de Operaciones de Búsqueda y Rescate) de Naciones Unidas destacaron la urgencia de mejorar la coordinación en el marcaje de estructuras y la interoperabilidad de las fuerzas de rescate bajo estándares internacionales.
De su parte, Brick Reyes, arquitecto urbanista y magíster en impactos ambientales, recordó que el sismo dejó expuesta la falta de preparación para dicho evento. En construcción se revelaron fallas en diseños estructurales que no cumplían con normas antisísmicas, especialmente en aquellas construcciones más añejas.
Reyes indicó que, tras lo ocurrido en el sismo, se habló de revisar las normas internacionales y locales para la construcción de edificaciones antisísmicas y su regulación, mejoramiento e incremento de nuevas regulaciones en las ordenanzas municipales de la construcción.
En estos años se han evidenciado algunos proyectos puntuales con estructuras antisísmicas, pero no es la regla general.
“¿En la actualidad Guayaquil es tan resiliente como para enfrentar un evento sísmico como el ocurrido hace diez años? Las autoridades locales y nacionales y organismos de prevención de riesgo, incluyendo sismos, deberían responder a la comunidad”, cuestionó.
Guayaquil, una década después: desafíos y resiliencia
Tras una década, Félix Chunga, arquitecto urbanista, resaltó que aún no estamos preparados administrativamente ni como sociedad para tener una respuesta de ayuda ni en infraestructura para atender una emergencia de este tipo.
En este periodo, Chunga resaltó que hay un interés por investigar y aplicar nuevos modelos de desarrollo urbano que involucran la resiliencia, es decir, la capacidad de adaptación a los cambios climáticos y otras situaciones, así como dar respuesta para no afectar a la población.
“La discusión teórica de la planificación urbana tomó relevancia a raíz del terremoto; sin embargo, la aplicación de estos modelos ha sido bastante compleja, bastante complicada, muy poco se ha podido llevar a cabo”, expuso.
Para él, la actuación sigue siendo reactiva y no de preparación.
Propuestas para una gestión del riesgo
Como desafíos, Espinoza resaltó que la ciudad tiene que transitar de una gestión de la emergencia, de reactiva y centrada en el rescate, a una gestión del riesgo prospectivo centrada en evitar la creación de nuevas vulnerabilidades. Esto implica que el urbanismo debe adelantarse al sismo.
Espinoza expuso que se deben encaminar acciones normativas diferentes a fin de actualizar los planes de uso de suelo para que los permisos de construcción exijan coeficientes sísmicos; además implementar auditorías estructurales para edificios antiguos de alta ocupación, obligando a su reforzamiento técnico; además de controles a la informalidad, descentralizar redes eléctricas y de agua para evitar paralizaciones complejas de sectores.
Además, sugirió la concientización ciudadana y la soberanía de datos a nivel urbano. “Guayaquil debe utilizar herramientas de IA y en tiempo real para monitorear la salud estructural de sus puentes y edificios.
“La planificación urbana debe dejar de ver al sismo como un evento extraordinario para aceptarlo como una condición permanente de nuestro suelo. Solo mediante la inversión en prevención prospectiva, aunque sea más costosa inicialmente, se podrá garantizar la continuidad de la ciudad tras el próximo gran evento sísmico”, resaltó Espinoza.
También, Chunga enfatizó que hay muchos desafíos pendientes puesto que no será el único terremoto que la urbe enfrentará en su historia, así como otros fenómenos naturales, como la ola de calor e inundaciones.
“A pesar de que los vivimos cada año, no hemos podido concretar una respuesta desde la planificación urbana para eso, habiendo posibilidades, estrategias y ejemplos alrededor del mundo que han podido aplicarse de manera exitosa, en nuestras ciudades no hemos podido concretar”, concluyó.
Reyes también expone que la ciudad aún debe lograr constituir un gran sistema urbanístico-administrativo que esté preparado para prevenir, soportar y mitigar la presencia de un evento sísmico de magnitudes como el de abril de 2016. “La meta sería ubicar a Guayaquil como una ciudad resiliente no solamente ante este tipo de fenómenos naturales”, declaró. (I)




