Todavía guardamos sin poder alejarlas de nuestro corazón y nuestras vidas, las imágenes del policía que moría frente a las cámaras.

Como mantenemos como una pesadilla el estruendo de las balas, los gases de las bombas, las voces entrecortadas, el pánico de los enfermos que se atendían en el hospital, los periodistas en el suelo y el militar que solo, recostado en una pared de la calle, con boina roja y un fusil apuntando a lo alto acababa las balas de que disponía, que no eran pocas.

Tenemos como una película de llantas quemadas, policías furiosos, el Presidente iracundo abriéndose la camisa por dos veces, pidiendo que lo maten, gritos, máscaras.

Calles llenas de vidrios rotos, vehículos yendo a contravía por las veredas, niños saliendo de las escuelas aterrados y madres que no sabían hacia dónde caminar. Adolescentes con el rostro cubierto con camisetas lanzando piedras a todo lo que encontraban: alumnos de otros colegios, buses, personas.

Saqueos. Padres y madres en familia robando todo lo que encontraban acompañados por niños pequeños que no parecían tener más de 6 años y una viejita encorvada, muy mayor, llevando a hombros un televisor.

No se salvó nadie de este delirio colectivo. Caos total.

Una estampida, un estallido, un motín, una rebelión.

Inesperada, violenta como un tornado. Pero que había estado incubando como el fuego bajo las cenizas, un pequeño viento la atiza y se produce un incendio.

No un golpe de Estado, no había nadie que lideraba una toma de poder. El Presidente despachaba y utilizaba el teléfono desde su refugio-retén.

En lugar de manifestar lo mejor de un pueblo cuando se enfrenta a un peligro colectivo, lo que se vio fue una enorme descomposición social. No hubo marchas masivas de apoyo al orden constituido ni de rechazo a las demandas de los policías. Ni tampoco quien pescara a río revuelto presentándose como el salvador.

Solo un profundo miedo y una gran barbarie.

¿Serán esos los frutos sociales de la revolución ciudadana?

Nos hemos quedado desnudos expuestos a nuestras incongruencias, todos, como sociedad.

Ya no nos atrevemos a decir que los ecuatorianos son solidarios, acogedores, bastó unas horas sin fuerzas del orden y la podredumbre que nos habita se manifestó como una cloaca que revienta.

¿Qué hemos hecho juntos, gobernantes y gobernados?

Imaginemos que el Presidente invita a dialogar a los policías. Dialogar no quiere decir ceder, quiere decir escuchar, todos. Y actuar de acuerdo a lo que se escucha.

No da la orden de rescatarlo a policías que se enfrentan a los suyos, aparentemente desprotegidos, si hubiera tenido un chaleco antibalas no hubiera muerto Froilán Jiménez con su pecho atravesado. No convoca al ejército, formado para la guerra, en un hospital con pacientes. No espera la noche donde el caos es aún mayor, para tomarse el hospital.

Y sobre todo, no se aprueban leyes polémicas, que necesitan mayores debates sin explicar a todos los que por ellas serán afectados, cuáles serán sus alcances. No se gobierna con leyes que entran por el imperio de la ley sino con leyes que se comprenden y se aceptan aunque cueste tiempo.

No se impone el estilo confrontacional, de descrédito, de autoritarismo y desprecio en nombre de una revolución de todos. Siembra vientos y cosecha tempestades dice el refrán. Eso no tiene que ver con la defensa de la democracia, tiene que ver con utilizar los métodos adecuados a un fin adecuado.

La radiografía de la sociedad que los hechos de un día han manifestado muestra que estamos gravemente enfermos, con enfermedad contagiosa. Y que la recuperación será larga.