A sus 61 años, Zoila García entra al aula de clases con la misma mezcla de emoción e incertidumbre que sintió la primera vez hace más de 30 años.
Aún no se graduaba de su carrera de Lenguas Extranjeras en la Universidad de Guayaquil cuando empezó a educar a sus primeros estudiantes. Recuerda esas primeras clases con amor, pues dice que fueron las que le confirmaron que su vocación era la correcta.
Ahora que han pasado 36 años desde que empezó a enseñar en la Academia Naval Guayaquil, asegura que la sensación sigue intacta: ver nuevos rostros, encontrarse con los antiguos y captar lo mejor de sus ‘chicos’.
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Una vida dedicada a la enseñanza
Recuerda que sus primeros pasos fueron modestos, con niños de prekínder, en los tiempos en que se trabajaba con papel carbón. Iba apenas dos veces por semana. Luego tres.
Después cuatro. Hasta que un día le dijeron que se quede de planta.
Eligió el inglés casi como un destino natural. “Siempre me gustó inglés. Toda la vida me gustó”, afirma.
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Viene de una familia sin tradición docente, pero con una certeza clara desde niña: quería enseñar.
“Siempre tuve profesores que fueron excelentes maestros. Nos brindaban amor, no solamente contenidos y eso me marcó siempre”, comenta.
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El aula como segundo hogar
Algo que repite Zoila siempre es que enseñar no es solo explicar. “No somos un colegio donde solamente el estudiante viene a aprender, sino también a ser escuchado”, sostiene.
Por eso, además de la exigencia académica, deja espacio para lo cotidiano: conversar en los recreos, escuchar problemas, incluso abrazar.
“Nos convertimos en el segundo hogar”, resume. Su clase, sin embargo, no pierde firmeza.
“Siempre ha sido muy seria, con mucho respeto, estricta”, aclara. El equilibrio lo encuentra fuera del aula: cuando detecta a un estudiante con dificultades, lo llama aparte y trata de brindar palabras bálsamo al notar que es una situación compleja en su entorno.
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La evolución de la enseñanza y la esencia del maestro
Con los años, ha visto cambiar casi todo, como los programas, tecnologías y dinámicas familiares.
“Eso ha sido fuerte”, admite al recordar el salto del papel carbón a las plataformas digitales.
Sin embargo, al día de hoy habla de “un abanico de aplicaciones” que forman parte de sus clases. Para ella, quedarse quieta no es opción.
En medio de tantos cambios, hay algo que no se mueve. “La esencia del maestro es la que marca la diferencia”, afirma. Y esa esencia, dice, está en entender qué necesita cada grupo, cada estudiante, para mantenerse motivado.
Las huellas imborrables de una maestra
Esa conexión la construye desde el primer día. Zoila llega con tarjetas y dinámicas para conocer más allá de los nombres de los chicos.
Al final del año lectivo, busca cerrar el ciclo de otra manera, escuchando. Les pregunta qué les gustó, qué faltó, qué cambiarían. “Para mí es muy importante saber cómo mis chicos se sintieron”, explica. En ese ejercicio reconoce que también aprende.
La mayor recompensa llega fuera del aula. En la calle, en un supermercado, en cualquier esquina. “Me dicen ‘Miss Zoila’ o ahora ‘abuelita’”, cuenta con una sonrisa.
“Me siento muy satisfecha de que han pasado los años y he dejado muchas huellas”, manifiesta.
No sabe cuántos alumnos han pasado por sus clases, dice que han sido “miles y miles”.
Lo que sí tiene claro es qué sigue en su vida y es educar.
“Hasta que Dios considere que realmente yo estoy con la salud adecuada, creo que todavía falta bastante”, comenta.
A pocos días de empezar el nuevo año lectivo se mantiene con las mismas expectativas y con la misma convicción de hace más de 30 años.


