Las manos de Victoria González aún son ágiles para picar los vegetales que usará en el platillo que ama preparar en su restaurante Niño Lucho: la menestra.

Se coloca su filipina (chaqueta de chef) y un gorro y empieza con sus labores en la cocina de su local, en la séptima etapa de la Alborada, tal y como lo hace desde hace 40 años.

Sin embargo, este no fue el primer lugar en el que empezó su camino en la gastronomía típica de Guayaquil. En 1986, en una casa de la novena etapa de la Alborada, cristalizó su sueño. Victoria recuerda ese inicio con la misma claridad con la que prueba cada plato antes de servirlo.

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“Victoria González García, para servirle”, dice, pero enseguida corrige con una sonrisa: “Todo el mundo me dice doña Toyita”.

La idea no nació en una escuela ni en una cocina profesional. Nació en casa, entre fechas marcadas por la comida: la fanesca en Semana Santa, la colada morada en noviembre, el relleno en Navidad. Tomó forma hace 40 años, después de un viaje que le cambió la mirada.

En 1985 viajó a Canadá a visitar a unos hermanos y a su regreso quiso mantener esa vitalidad que vio en ese país, el ritmo del trabajo de la gente de allá. Llegó a Guayaquil con la idea de explotar lo que a ella le gustaba: la cocina.

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“Prácticamente lo comencé en donde yo vivía, con la cocina de casa”, relató.

El nombre del restaurante también venía de lo cercano: su hermano. “Mi padre siempre le decía a él ‘mi niño Lucho’, entonces por eso salió Niño Lucho”, comentó.

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El 15 de marzo de ese primer año eligió abrir por una razón sencilla: “Tiene que ser quincena para que la gente tenga plata”, dijo riendo.

Invitó a toda la familia. Primos, hermanos (son nueve en total), sobrinos. Todos llegaron, pero con una condición clara: había que pagar. Tenía 35 años, una hija pequeña y una intuición que no falló.

La esencia de la cocina de doña Toyita

Durante 25 años sirvió almuerzos sin descanso. Nunca lo vio como una carga.

“Siempre lo vi como la cosa más linda, nunca he renegado. Si pudiera volver atrás, no cambiaría nada; si yo volviera a nacer, lo volvería a hacer”, remarcó González.

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La cocina de doña Toyita no tiene secretos sofisticados. Tiene constancia y mucho amor. “Yo solamente uso sal, ajo, comino y pimienta. Y por supuesto el más importante es el amor”, precisó sonriendo.

Preparar la menestra de su restaurante con un molinillo es la tradición que no abandona. Foto: José Beltrán

Con eso prepara desde el seco de gallina hasta el moro de lenteja. Pero hay un plato que no negocia: la menestra.

“La menestra. Todo lo que preparo me gusta, pero si me ponen a escoger, me voy por la menestra”, aseguró.

La suya no se licúa. Tampoco se deja aguada. Se bate con molinillo, como antes. La clave, insistió, está en el tiempo: “El éxito de una rica comida es cocinarla a fuego lento y eso lo hago desde que empecé”, mencionó doña Toyita.

Generaciones de sabor y reconocimiento

En su restaurante no solo se sirve comida: se acumulan generaciones.

“Aquí ya comen cuatro generaciones”, dijo con orgullo. El cliente que llegó a los 30 años vuelve a los 70, con hijos y nietos que repiten el ritual. Y ella sigue ahí, mirando de reojo desde la mesa.

Ella tiene una forma muy suya de medir el éxito de un plato: el silencio.

“Cuando comen la primera cucharada y se quedan mudos, esa es la señal para decir que una comida está rica. No tienen tiempo para hablar, tienen tiempo para comer”, manifestó.

Aunque por sus mesas han pasado artistas y figuras públicas, para ella el verdadero reconocimiento está en lo cotidiano. En ver a alguien comer con gusto. En escuchar que no hay mejor sazón que la suya. La satisfacción también se la llevó en 2015 cuando participó en la feria Raíces, que se realiza en fiestas julianas de cada año.

Recordó que un cliente le dijo una vez: “No hay mejor propaganda para un restaurante que ver comer a la dueña su comida”.

El futuro de Niño Lucho y la era digital

Hoy su rutina es más pausada. Llega en la mañana, deja listos los aliños, supervisa, prueba. Luego vuelve a casa a cocinar para sí misma.

Sigue probando todo, sobre todo la menestra. Ajusta la sal, revisa la textura. No delega del todo lo esencial. También piensa en el futuro. Tiene un nieto de 16 años que mira con atención la cocina. “En él he puesto mis ojos”, confesó.

Le gustaría que el restaurante continúe. Que alguien más herede ese sabor que, según sus clientes, sabe a casa.

“Sería tan lindo que sigan las generaciones y que la gente que no ha venido diga ‘¿cómo es posible que no haya venido a este restaurante?’”, dijo.

A sus 40 años de historia, Niño Lucho sigue funcionando y busca innovar. Sus pasos van hacia lo digital y a mostrar lo que se hace en las plataformas que ahora consumen grandes y chicos. En Instagram ha empezado a mostrar de a poco lo que ofrece, lo último fue la celebración por los 40 años y las opiniones de sus comensales.

En redes sociales, doña Toyita quiere ser fiel a su estilo, pues dice que estas plataformas son de ‘doble filo’. Va a su ritmo, a su forma de hacer las cosas. “A mí me ha gustado ser yo misma y eso va a seguir de largo”, comentó.

Dijo que mientras pueda caminar, mientras pueda poner una olla y servir un plato, no piensa detenerse. “Mientras tenga mi mente lúcida, lo voy a seguir haciendo. Dios me va a dar esa fortaleza y esa paz que tanto necesito”, aseguró doña Toyita. (I)