Hace más de seis décadas, Amador García tomó una decisión que cambiaría la historia de su familia. Tras perder su empleo en una empresa, optó por emprender con un plato tradicional de la cocina ecuatoriana, pero con un toque distinto. “Voy a hacer encebollado, pero quiero hacerlo diferente para que me recuerden”, dijo entonces, según relató su hijo, José Luis García.

De la venta en baldes al primer local

Los inicios fueron humildes. Amador García recorría las calles con dos baldes de loza: en uno llevaba el encebollado y en el otro los platos y el agua para lavarlos. El trabajo era duro, pero poco a poco la clientela comenzó a crecer.

Según José Luis, su padre caminaba por el barrio ofreciendo el plato mientras lavaba los utensilios en el camino. En ocasiones, incluso recibía ayuda de vecinos que le ofrecían agua para limpiar los trastos a cambio de un encebollado.

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El esfuerzo rindió frutos. La demanda aumentó y abrió el primer local en la intersección de las calles Tungurahua y Sedalana, un punto que se convirtió en la base del negocio familiar.

Así nació el encebollado rosado, una versión que se distingue por su color característico y que, con el paso de los años, se convirtió en una referencia gastronómica para los habitantes del sector.

Encebollado rosado se ofrece en locales de familia. Foto: Carlos Barros

Actualmente, ese local sigue funcionando y está a cargo de uno de los hermanos de José Luis, Baudilio García, conocido en la familia como el Negro. “Somos cinco hermanos y él es quien sigue con la tradición en ese lugar”, comentó.

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Otra de las sucursales se encuentra en las calles Lizardo García y Oriente. Ese local estuvo inicialmente bajo la responsabilidad de un tío de la familia que falleció y ahora es administrado por su primo Gabriel García.

Un sabor que mantiene su esencia

Encebollado rosado se acompaña con camarón. Foto: Carlos Barros

A pesar de los años, la receta del encebollado rosado se mantiene fiel a su origen. José Luis explicó que el plato se prepara con ingredientes simples y naturales.

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“Nosotros lo hacemos sin condimentos ni ají peruano. Solo lleva cebolla, tomate, hierbita, yuca y pescado”, detalló.

El color rosado, que distingue al plato, proviene de un ingrediente especial que el creador de la receta mantuvo siempre en secreto hasta antes de su muerte, cuando, según José Luis, lo compartió con sus hijos.

Cada miembro de la familia prepara el encebollado en su respectivo local, lo que genera pequeñas diferencias en el sabor, aunque la base sigue siendo la misma. “Cada quien le pone su toque, pero siempre respetando lo natural”, señaló.

Más allá del encebollado: una oferta variada

En el local que José Luis administra en el callejón Parra, entre las calles Carchi y Tulcán, la oferta gastronómica se amplió con el tiempo. Además del tradicional encebollado rosado, los clientes pueden encontrar guatita, cebiche de camarón, curtido de picudo y platos combinados.

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Entre las opciones más solicitadas está la “trilogía de mariscos”, que reúne encebollado, cebiche de camarón y curtido de picudo en un solo plato. También destaca la llamada “bandera”, que incluye arroz, guatita, encebollado, camarón y picudo.

El negocio mantiene precios accesibles, algo que, según José Luis, ha sido parte de la filosofía familiar. “Nosotros decimos que somos las cuatro B: bueno, bonito, barato y bastante”, comentó. Un plato normal cuesta $ 1,75, en tanto que el plato lleno, con mayor cantidad de pescado, tiene un precio de $ 5.

Un legado que cruzó fronteras

Con los años, el encebollado rosado ha llegado incluso fuera del país. Muchos clientes que emigraron mantienen el vínculo con el negocio familiar y aprovechan sus visitas a Guayaquil para llevar el plato al exterior.

Según José Luis, hay pedidos de 30, 40 o hasta 50 porciones que luego son congeladas y transportadas por los propios clientes a países como Estados Unidos, España o Portugal.

Redes sociales y nuevos clientes

Aunque durante muchos años el negocio creció principalmente por recomendación de boca en boca, la familia empezó a explorar las redes sociales para llegar a nuevas generaciones.

El impulso definitivo llegó en diciembre de 2024, cuando un influencer visitó el local y publicó su experiencia en internet.

La reacción fue inmediata. “Fue una locura. La gente comenzó a venir a preguntar por los platos que él mostró”, recordó José Luis.

Desde entonces, el movimiento aumentó y el local se consolidó entre los visitantes que buscan probar el tradicional encebollado rosado.

Un recuerdo que sigue vivo

José Luis no llegó a conocer a su padre. Amador García falleció cuando él tenía apenas 3 años. Sin embargo, la memoria del creador del plato sigue presente gracias a los relatos de los clientes más antiguos.

Muchos de ellos aún recuerdan que el encebollado se servía en pequeñas bandejas de loza y costaba apenas unos centavos.

“Ellos me cuentan cómo era mi papá y cómo vendía. Así he podido imaginarlo”, dijo.

Para José Luis, continuar con el negocio representa una responsabilidad: mantener el sabor que hizo famoso el plato y preservar el nombre de su padre.

Aunque no obligaría a sus hijos a seguir el camino familiar, reconoce que le gustaría que el legado continúe. “No sería bueno dejar perder algo que tiene tantos años y que tanta gente recuerda”, concluyó. (I)