Las hojas amarillentas, las recetas escritas a máquina y los recortes pegados a mano sobre una monografía de finales de los años 70 siguen guardados dentro de la familia Troya Aguirre como si fueran una herencia.

Son esas páginas que Angélica Aguirre Arriaga elaboró cuando estudiaba economía doméstica y pastillaje en el centro de educación OSCUS, ahora bajo el nombre de Centro Sopeña, lugar donde comenzó una historia que décadas después terminaría conectando a tres generaciones de mujeres alrededor de la pastelería.

A sus 82 años, Angélica todavía conserva las carpetas donde aprendió recetas para tortas, bocaditos y postres en una época en la que no existían tutoriales en internet ni escuelas especializadas como las actuales.

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Llegó desde Balzar a Guayaquil siendo joven y encontró en esos cursos una forma de generar ingresos mientras criaba a sus hijos.

Dentro de las monografías todavía aparecen imágenes recortadas de revistas, hojas mecanografiadas y apuntes hechos a mano sobre preparación de masas, decoración y pastillaje.

Berta Troya (izq.), Angélica Nicole y Angélica Aguirre (dcha.) mantienen viva una tradición familiar ligada a los postres y las recetas heredadas. Foto: El Universo

Cada página fue armada como parte de sus estudios, allí donde muchas mujeres acudían para aprender oficios relacionados con cocina y manualidades.

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“Yo hacía tortas para matrimonios, quinceañeras, para todo”, recordó mientras hojeaba las carpetas que todavía mantiene guardadas en casa.

La cocina terminó convirtiéndose en el sustento principal de la familia. Angélica preparaba comida, dulces y bocaditos para reuniones y eventos mientras sus hijos crecían alrededor de hornos, bandejas y mesas llenas de envolturas.

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La segunda generación: Berta Troya

Su hija Berta Troya Aguirre recuerda que desde niña acompañaba a su madre a cursos y preparaciones. Mientras otras personas jugaban fuera de casa, ella aprendía a envolver dulces o ayudaba a organizar los pedidos que llegaban para matrimonios y fiestas familiares.

“Todos ayudábamos cuando había pedidos. Mi hermano, que ahora es doctor, también ayudaba”, contó Berta, quien actualmente tiene 59 años y trabaja como docente parvularia.

La familia se organizaba alrededor de la cocina. Cuando había encargos grandes, cada integrante asumía una tarea distinta. Algunos ayudaban decorando, otros envolviendo dulces o acomodando bandejas antes de las entregas. Las recetas pasaban de generación en generación sin necesidad de libros modernos o medidas exactas.

“Ahora todo es en gramos, pero esas recetas están hechas por cucharadas, por tazas y por libras”, explicó Berta mientras revisaba las anotaciones antiguas de su madre.

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Angélica Nicole y el regreso a la tradición

La historia continuó años después con Angélica Nicole Troya Suárez, nieta de Angélica Aguirre. Aunque actualmente tiene 25 años y dirige un emprendimiento de pastelería, durante varios años creyó que terminaría dedicándose a otra profesión.

Cuando salió del colegio ingresó a estudiar Derecho en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil. Sin embargo, mientras avanzaba en la carrera seguía buscando recetas, practicando preparaciones en casa y regresando constantemente a las carpetas antiguas de su abuela.

“Desde pequeña me gustaba ayudarle y siempre quería comprar cosas de pastelería”, recordó.

Una de las anécdotas familiares que más repite ocurrió cuando intentó ayudar a preparar unos huevitos dulces hechos con leche condensada, huevo y azúcar. El relleno todavía estaba caliente cuando trató de formar las bolitas con las manos y terminó quemándose.

“Yo queriendo ayudar me quemé”, contó entre risas mientras su madre y su abuela recordaban el episodio.

Entre tortas, bocaditos y recetas guardadas por décadas, madre, hija y abuela continúan encontrando en la cocina una forma de compartir tiempo juntas cada Día de la Madre. Foto: El Universo

Durante la pandemia decidió acercarse más seriamente a la pastelería y comenzó a estudiar en la escuela Mundo Harina. Lo que inicialmente empezó como un interés paralelo terminó convirtiéndose en su ocupación principal.

“Me di cuenta de que esto era lo que realmente quería hacer”, explicó.

Actualmente maneja Lebsa Bakery, un emprendimiento cuyo nombre está formado con las iniciales de su madre y su abuela. Para ella, el proyecto no representa únicamente un negocio relacionado con postres y tortas, sino una continuación de la historia familiar que comenzó décadas atrás.

“El nombre tiene un peso emocional porque es por ellas que adquirí esta pasión”, señaló.

La cocina como punto de encuentro

Aunque las tres generaciones viven etapas distintas, la cocina continúa funcionando como un espacio compartido dentro de la familia. Todavía preparan juntas ciertas recetas, revisan las monografías antiguas y conversan sobre técnicas o sabores mientras trabajan.

Las reglas, incluso ahora, siguen siendo similares a las de hace años.

“Hay que seguir las instrucciones de la abuela”, dijo Angélica Nicole mientras las tres se reían alrededor de una mesa llena de utensilios y bandejas.

Para Berta, gran parte de lo aprendido dentro de la cocina terminó trasladándose a otros aspectos de su vida. Recordó que viendo trabajar a su madre aprendió disciplina, responsabilidad y constancia en momentos en los que había que preparar pedidos completos para reuniones familiares o eventos.

Angélica Aguirre asegura sentirse feliz de haber visto cómo aquello que empezó como una necesidad terminó formando parte de la vida de su hija y su nieta.

“Muy feliz y honrada porque mi nieta es como mi hija también”, respondió cuando le preguntaron qué siente al verlas seguir el mismo camino.

Dentro de las carpetas que todavía guarda aparecen recetas que han sobrevivido durante más de cuatro décadas. Algunas continúan preparándose exactamente igual, mientras otras se han ido adaptando a nuevas técnicas y medidas modernas.

Las galletas de nuez, los bocaditos y los dulces envueltos individualmente siguen apareciendo en reuniones familiares o pruebas de cocina dentro del emprendimiento de Angélica Nicole. (I)