Cada año, con paciencia y precisión, Alfonso Reyes González se encarga de limpiar, retocar y devolverle el brillo a la cruz del Cristo del Consuelo. La tarea no es menor: la imagen, expuesta al polvo y al contacto constante de los fieles, requiere mantenimiento continuo para conservar su estado.

Según relató, la figura suele ensuciarse con facilidad y, sobre todo, la pintura de los pies se desgasta debido a que los devotos logran tocarlos con frecuencia.

“Siempre se ensucia, entonces se limpia y se le da algún retoque”, explicó. Ese trabajo implica volver a decorar las partes afectadas, un proceso que se realiza con anticipación y cuidado para que esté lista en la procesión de Semana Santa.

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La cruz no se mueve durante el resto del año. Solo es bajada una vez, en el marco de la romería del Cristo del Consuelo, considerada la más multitudinaria del país. El resto del tiempo permanece en su sitio, mientras Reyes se limita a subir para realizar labores de limpieza y conservación.

“De tanto manosear se pela la pintura, hay que volver otra vez a decorar”, comentó, al describir el desgaste que deja la devoción popular sobre la imagen.

Una vida dedicada al servicio religioso

Pero detrás de esa labor silenciosa hay una vida extensa dedicada al servicio religioso. Alfonso Reyes González tiene 94 años, nació en Bogotá, Colombia, y está próximo a cumplir 75 años de vida religiosa.

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Fue ordenado sacerdote en 1961 y, desde entonces, su trayectoria ha estado vinculada a la comunidad de los misioneros claretianos.

Actualmente se desempeña como vicario parroquial en la iglesia Cristo del Consuelo, donde reside desde hace más de una década.

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“Llevo ya 13 años aquí en Ecuador. Ya tengo cédula ecuatoriana”, señaló. Antes de llegar a este templo, estuvo dos años en Limones, en Esmeraldas.

Su vínculo con Ecuador y los claretianos

Su relación con el país, sin embargo, se remonta a mucho antes. En 1964 visitó Ecuador por primera vez, cuando tenía responsabilidades como supervisor de las fundaciones claretianas en Colombia y Ecuador.

Desde entonces fue testigo de los cambios del sector donde hoy se levanta el santuario. “Esto era todo pantano. Pasaba por aquí un estero”, recordó.

En aquella época, agregó, gran parte de la población vivía en palafitos, estructuras levantadas sobre el agua.

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Los misioneros claretianos habían llegado al país en 1955, enviados a pedido del entonces arzobispo Antonio Mosquera, con el objetivo de evangelizar zonas vulnerables. Reyes formó parte de esa historia desde su rol organizativo y pastoral.

Su vocación religiosa comenzó desde temprana edad. Ingresó al seminario menor en Bogotá tras finalizar la primaria, en una época en la que era común que los jóvenes recibieran formación interna desde etapas tempranas.

Creció en una Bogotá muy distinta a la actual. “Era un pueblo grande, tenía unos 300.000 habitantes”, dijo. Describió una ciudad marcada por la vida académica, la literatura y las artes, conocida incluso como la “Atenas Suramericana”.

A pesar de la distancia, aseguró que Ecuador lo ha acogido con calidez. “Con mucho cariño, con mucha delicadeza. La gente es muy colaboradora”, afirmó. Esa cercanía, dice, también se refleja en la vida parroquial, donde se promueve la participación y el trabajo comunitario.

Reflexiones sobre la fe y la religiosidad popular

En la iglesia, su labor va más allá del cuidado de la cruz. Coordina y acompaña a distintos grupos pastorales, desde catequistas hasta acólitos y promotores vocacionales.

También participa en la organización de la procesión, cuyos preparativos comienzan desde febrero con reuniones constantes entre autoridades, equipos de salud, bomberos y otros actores involucrados.

Sobre la manifestación de fe que rodea al Cristo del Consuelo, Reyes reflexiona con cautela. Reconoce que muchos fieles buscan tocar la imagen como una forma de recibir bendición, aunque lo considera parte de una religiosidad popular que debe ser comprendida.

“Ojalá no fuera solamente el entusiasmo de venir a caminar”, expresó, al señalar que la fe debería ir acompañada de una mayor conciencia espiritual.

Sin embargo, insiste en que estas prácticas deben tratarse con respeto. “No hay que cortar a la gente bruscamente, hay que respetar la religiosidad popular”, concluyó.

A sus 94 años, Alfonso Reyes continúa a cargo del cuidado de la cruz. Su trabajo, discreto pero esencial, garantiza que uno de los símbolos más representativos de la devoción popular en Ecuador se mantenga en pie, año tras año. (I)