Xavier Sánchez Alvarado
.- El pasado jueves, un morador del sector La Realidad de Dios, en Monte Sinaí, noroeste de Guayaquil, buscaba ayuda para pagar la caja mortuoria de un familiar. Cerca de él, igual problema enfrentaba una mujer, mientras otra anhelaba dinero para comprar retrovirales contra el VIH y otros dos residentes no tenían recursos para que a la madre de ambos se le pueda realizar una cirugía para instalarle una válvula cardiaca.

Ellos eran parte de doce personas que se hallaban en la parroquia La Transfiguración. Esperaban a Pierluigi Carletti, el padre Chicho, un sacerdote suizo que reside desde hace 44 años en zonas marginales de la ciudad, con labor pastoral en Monte Sinaí desde el 2007.

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Él dice que a veces prefiere no salir de su habitación en su parroquia porque se siente impotente para atender a tantos moradores que acuden en busca de ayuda. “La gente aquí sobrevive, no tiene ningún seguro en caso de enfermedad. Debe empeñar algo, se la ayuda en algo, pero son tantos, lo único que puedo hacer es darles una colaboración. Me encontraba mejor en Bastión Popular porque no era tan dramática la situación, no había tanta pobreza (...); se está pasando de la pobreza a la miseria”, expresa.

Aquel deseo ocasional de evadir a estas personas lo deja a un lado y lo que sí ha desechado son oportunidades para desvincularse de su labor como párroco en áreas marginales. Una de ellas fue cuando su congregación, la salesiana, le dio la opción de dirigir el colegio Cristóbal Colón. “No hay peligro de que me quieran cambiar de aquí (de la parroquia La Transfiguración, en La Bendición de Dios)”, enfatiza ante la posibilidad de que la curia decida trasladarlo a otra jurisdicción religiosa de clase media o alta con mejores condiciones.

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“Nadie querría tener una parroquia que genera $ 50 a la semana con un gasto enorme” que solventar ante lo cual un sacerdote tendría que trabajar o dar clases en otro lugar para poder sostenerse. Él, gracias a Dios, destaca, no tiene este problema porque recibe aportes económicos desde Suiza.

Con esas ayudas ha concretado seis edificaciones en zonas alejadas y en las cimas más altas de este sector marginal. Otras diez también construyó en Bastión Popular antes de su cambio como párroco a Monte Sinaí.

Estas estructuras, de uno a cuatro pisos, pintadas con colores intensos, destacan ante los cientos de pequeñas casas de caña en zonas que empezaron como invasiones promovidas por el evangélico Balerio Estacio como: Realidad de Dios, Promesa de Dios, Los Juanes, la Thalía y Voluntad de Dios. Allí funcionan escuelas, colegios, iglesias, capillas, guarderías y oficinas para entidades de atención a niños como el INFA. Antes había creado dispensarios.

A diario el padre Chicho recorre estos edificios y en la mayoría de ellos oficia misas en las cuales a la hoja dominical para cada asistente se suman un pan y un guineo. La noche del viernes el pan no alcanzó para todos y los dividió en la mitad.

Para sus recorridos por los agrestes caminos entre esos sectores, donde resulta muy difícil la movilización de autos, utiliza una camioneta que lleva un altoparlante el cual enciende para poner música religiosa. En ocasiones lo acompañan Bongo, Chiquita, Oso y Lassie, perros que eran callejeros. “Padre Chicho, padre Chicho” es el constante saludo que a su paso recibe de niños. Sacaba panes de una funda para dárselos.

La inseguridad es uno de los riesgos que enfrenta. Hasta la semana pasada construía la casa de caña donde tenía previsto vivir, sin embargo, desistió de seguir con la obra porque en las noches le desarmaron el techo de cinc y las paredes. Antes había sufrido robos de dos transformadores, 500 metros de cables dúplex y asaltos a mano armada. En el 2010 fue víctima de robo y secuestro cuando lo dejaron atado en una de las iglesia de Voluntad de Dios. Luego, en su camioneta, tres sujetos lo atracaron, uno lo apuntó con una pistola. Él no se moviliza con dinero.

Lidia Ayala, una de las moradoras de Monte Sinaí, expresa que el padre Chicho padece de crisis de nervios ante los riesgos por la inseguridad y las continuas preocupaciones que le genera el atender los problemas que escucha de los moradores.

Como párroco en Bastión Popular y Monte Sinaí, el padre Chicho ha tratado con Estacio y Carlos Castro, fallecido promotor de invasiones. Según Carletti, Estacio había dado la orden a sus subalternos para que “al padre Chicho ni un solo solar ni a dos mil dólares”, por lo cual buscó otros lugares para construir escuelas e iglesias. Aquello resultó más conveniente porque se crearon en zonas más alejadas donde no había otros planteles, expresa.

“Iba a la iglesia de Estacio y me pregunta: ‘¿A qué vienes?’, a ver si lo que tú dices como pastor está de acuerdo a lo que tú haces. Él exponía su forma de ver las cosas y yo en mi fe católica, pero después había la orden de no dar nada al padre Chicho (...). Me decía: ‘Ya te conozco desde el Bastión, sé que tú entras como que nada y luego estás por todos lados’”, expresa.