La familia es el núcleo principal de la sociedad, constituye la estructura más relevante del ser humano en virtud del crecimiento psicológico, social y moral del individuo. Es el amparo donde podemos contar con la protección, amor, comprensión, solidaridad y el soporte emocional en los instantes de regocijo, aflicciones o decepciones. Constituye la dimensión para el inicio de los lazos afectivos, dar y recibir ternura y amor. Es el escenario en donde se crean los valores y las buenas costumbres, el espacio que da origen a la formación de nuestra personalidad, carácter y conducta.
Ahora permítanme hacer un análisis de lo que ocurre cuando se desintegra la familia. Se crea en los infantes confusión, desorientación, nostalgia y agresividad. La ausencia de la figura paterna obstaculiza la formación del ‘yo’ en el niño, en consideración a que dificulta la identificación de las funciones sociales y acarrea a que no cuente con imágenes ideales que le sirvan como referentes para imitar y le permitan desarrollar la personalidad.
La mujer: igualdad y discriminación
La disgregación familiar, separación o abandono, trae como consecuencias cambios radicales en el comportamiento de los hijos. Se acrecienta el desconcierto, se afecta la autoestima, el rendimiento escolar, suelen presentar ansiedad, tics nerviosos y pesadillas. Los resentimientos, la angustia, la impotencia y el estrés se apoderan del sistema inmunológico, debilitándolo, lo que permite dar cabida a las enfermedades.
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Los niños y adolescentes requieren de una familia estable, la influencia de un hogar seguro es fundamental para la evolución de todo lo que tiene que ver con el bienestar y el equilibrio de las personas. Los menores necesitan del aporte y enseñanzas de ambos padres para descubrir cuál es el lugar que les corresponde en este mundo. (O)
José Franco Castillo Celi, psicólogo y médico naturalista, Guayaquil