Sí, ¿y cuál es el problema? Hay temas que no terminan de debatirse. Para empezar con la materia que hemos planteado, todavía hay muchos estados que no son laicos. Unos cuarenta países independientes son confesionales, es decir, en algún grado tienen una religión oficial o protegida. Y yo añadiría otros cinco, en los que el Estado se declarara ateo, que es distinto del laicismo, que implica la neutralidad absoluta del aparato estatal con respecto a las religiones de sus súbditos. Entre estas naciones con algún grado de religión oficial están China, Inglaterra, Irán y otras igual de importantes, así difícilmente podemos decir que el tema del Estado laico esté resuelto. A esto debe añadirse que en muchos países de mayoría islámica, como Turquía, comienzan a dominar movimientos políticos partidarios de islamizar el Estado, lo que no está lejos de India, donde fuerzas poderosas pugnan por hinduizar el suyo.

Pero es que en el Ecuador... sí, nadie en sus cabales quiere volver al Estado confesional católico que fue nuestro país durante todo el siglo XIX. Aquí la pregunta es ¿cómo se ejerce ese laicismo? Porque la neutralidad que deberían observar los poderes estatales debe lidiar con dos realidades que la afectan: una, que la sólida mayoría de la población es católica, y otra, la compleja historia del “laicismo” ecuatoriano, que tanto por influencias ideológicas externas, como por situaciones internas, se convirtió en “anticatolicismo”. La Revolución alfarista se excedió largamente en contra del clero y la Iglesia. El anticatolicismo estatal solo amainó cuando se firmó lo que complejos anticlericales llevaron a denominar un modus vivendi, siendo a todas luces un concordato, que así se llaman los tratados con el Vaticano. Alguien, a quien respeto, afirmó que el laicismo ecuatoriano se perfeccionó en los cuatro años de gobierno de Camilo Ponce, pues se demostró que puede ser presidente un católico militante, sin que se afecten para nada las instituciones laicas. No debería ser problema para el laicismo la existencia de la vasta mayoría católica. En muchos estados verdaderamente laicos también la hay. Lo que sucede es que para gran parte de los políticos ecuatorianos esta imponente masa es una tentación demasiado grande e intentan mimarla, cuando no manipularla. Y eso no es laico.

Hace unos días la Conferencia Episcopal Ecuatoriana hizo un comedido pedido sobre una obra en una exposición auspiciada por el Municipio de Quito, que consideró insultante, como lo haría la jerarquía de cualquier fe. Como las autoridades les hicieron caso hubo una exagerada reacción, en la que se llegaba a afirmar que el laicismo estaba en peligro y que el Cabildo se había convertido, poco más o menos que, en una teocracia. En mi opinión, una manifestación hostil contra una religión, auspiciada por una entidad pública, sí y sí viola el espíritu del laicismo, porque insultar es tomar partido. Pero no me rasgo la camisa, porque sé que se trató de un pequeño desliz y de ninguna manera un intento de acabar con la hoy irrenunciable neutralidad religiosa de un ente público. (O)