Hay que saludar el rápido acuerdo alcanzado entre las nuevas autoridades de la Senescyt y la Universidad Andina Simón Bolívar. Tomó menos de una semana poner fin a una irracional postura del correísmo hacia un centro académico al que se lo acosó por enemistad política disfrazada de un falso intervencionismo democrático.
El caso de la Andina muestra las posibilidades del poscorreísmo si prevalece una voluntad de diálogo y entendimiento para cerrar las heridas abiertas en los últimos diez años. Y queda claro, también, que si no se actúa rápidamente en esa dirección, las rivalidades y divisiones internas de Alianza PAIS paralizarán cualquier iniciativa.
La Andina constituye un ejemplo claro de cómo las intervenciones del anterior gobierno terminaban en juegos políticos destructivos. La búsqueda de una renovación del rectorado se convirtió en un pretexto para intentar tomarse políticamente la universidad; y cuando la maniobra falló, entonces se quiso provocar su colapso mediante la suspensión arbitraria de la entrega de recursos. Se podría decir que un fin noble, evitar que las universidades sean estructuras personalizadas de poder –lo que va en contra del espíritu que mueve al mundo de la academia– terminaba convertido en una estrategia para conquistar espacios con el fin de expandir y fortalecer su hegemonía. Allí donde veía la formación de espíritus críticos y cuestionadores, el correísmo se lanzaba con todo para neutralizarlos.
Al final de este penoso conflicto el Gobierno no tenía otro objetivo que liquidar a la Andina. A tan lejos llegó la enemistad política. No importaba dejar en el camino un proyecto académico exitoso, con prestigio y calidad reconocidos en el mundo andino. Al juego de Correa se prestaban los funcionarios de su administración sin el menor escrúpulo. Hay que recordar dos nombres en particular: el de Raúl Vallejo, que siempre estuvo listo a poner su nombre para las maniobras, y el de René Ramírez, el entonces secretario de la Senescyt incapaz de colocar una distancia, menos todavía reparos, a las arbitrariedades y caprichos del caudillo. Los dos nombres retratan penosamente cómo se configuró el aparato de administración y dominación de la Revolución Ciudadana.
El acuerdo le devuelve a la Universidad Andina la tranquilidad que requiere para seguir potenciando su proyecto académico y cumplir la misión de las universidades: pensar, investigar, formar, debatir, fomentar el pluralismo, el rigor, el debate franco y abierto de ideas, mostrar transparencia en el uso de los recursos públicos y buscar un modelo ejemplar de vida democrática.
Ojalá este acuerdo con la Andina marque el inicio de una nueva política hacia las universidades basada en el diálogo, el respeto y el entendimiento mutuo. La Senescyt fue un ejemplo acabado de una política de control burocrático de las universidades a través de reglamentos que se cambiaban permanentemente, controles absurdos a sus actividades e imposiciones de políticas sin la menor capacidad de diálogo. Algunos personeros lo hacían persuadidos de su propio vanguardismo y genialidad, con mucha arrogancia.
Ya habrá momento para evaluar esa política y plantear reformas profundas. Por el momento, basta saludar esta primera muestra de cordura y racionalidad del gobierno de Lenín Moreno hacia la Universidad Andina. (O)