En un país sin partidos, con débiles lealtades ideológicas y sujeto a múltiples factores que inciden en el voto, hay pocas señales que indiquen hacia dónde podrían desplazarse los votos que obtuvieron los candidatos que no pasaron a la segunda vuelta. En principio, se supone que los finalistas mantendrán los apoyos obtenidos en la primera y que a partir de allí comenzarán a sumar. Pero, desde fines del siglo XVIII, cuando el marqués de Condorcet formuló su famosa paradoja, se sabe que no es tan sencilla la posibilidad de que eso se cumpla en la realidad. Esto porque la decisión de los electores no es la misma cuando se enfrentan varios candidatos que cuando lo hacen solamente dos. Los criterios utilizados por una misma persona para la selección son muy diferentes en uno y otro caso.
Sin necesidad de disquisiciones teóricas, los ecuatorianos podemos dar fe de que ello es así. Las tres ocasiones en que se ha revertido el resultado de la primera vuelta dan cuenta de esa realidad. Contra todo pronóstico, en aquellas elecciones (1984, 1996 y 2006), las preferencias de los electores cambiaron radicalmente en el lapso de pocas semanas. Lo mismo ocurrió recientemente en Perú y seguramente sucederá también en las próximas elecciones francesas. Es algo que se produce en determinadas circunstancias, especialmente cuando no hay fuertes adscripciones o cuando el techo al que se puede llegar es muy bajo.
En nuestro caso concreto, se podrá decir que Alianza PAIS sí cuenta con esa fuerte adscripción, ya que los porcentajes de votación para presidente y para asambleístas nacionales y provinciales son bastante similares. Aceptando esa premisa, se diría que el 40% obtenido constituye la base y que le faltarían diez puntos porcentuales para ganar definitivamente. En el otro lado, la adscripción es más débil, no solo por la menor proporción desde la que debe partir (30%), sino porque la votación para asambleístas nacionales y provinciales no sigue la misma tendencia del candidato presidencial. Por tanto, a los veinte puntos que le separan de la mayoría absoluta hay que añadir las insondables motivaciones que tendrá cada uno de los electores que votó por los candidatos eliminados.
Para complicar más el asunto, cabe destacar que si bien es importantísimo el piso desde el cual parte cada candidato, también hay que contar con la altura del techo con el que pueden topar. En ese sentido, la lealtad fuerte a AP puede ser también la manifestación de un techo relativamente cercano, especialmente si la contienda se plantea, como parece que así será, entre correísmo y anticorreísmo. Eso sería un impedimento para cosechar los votos de los electores menos efusivos y que no se sienten a gusto en una política polarizada. Por su parte, el techo de la oposición puede encontrarse en las características propias del candidato presidencial, especialmente en su condición de banquero, que ha sido hábilmente explotada por el oficialismo. En definitiva, el secreto de la campaña está en un delicado balance entre el piso y el techo de cada candidato. (O)