El sábado 5 de marzo de 1983, poco antes de la medianoche, un Alfa Romeo negro atraviesa solitario las calles de Braunschweig. En una curva frente a la antigua estación de ferrocarril, ladrillos que se caen a pedazos, el vehículo se arranca del pavimento precipitándose contra un árbol. Y la noche regresa al silencio.
Hasta que irrumpen en la oscuridad las luces de los carros de policía y gritan las sirenas de la ambulancia. De las entrañas destrozadas del vehículo extraen el cuerpo, todavía con vida, del conductor: Lutz Eigendorf, el “Beckenbauer” de la Alemania Oriental. Severo trauma craneoencefálico, 2,20 g/L de alcohol en la sangre. Sin volver a recobrar la conciencia, muere 34 horas más tarde. La Policía cierra rápidamente el caso. Causa del accidente: intoxicación alcohólica. Víctima: futbolista profesional de 26 años.
Pero ni la muerte ni la vida de Lutz Eigendorf son territorios libres de sombras. En Alemania todavía hay quienes creen que murió asesinado por agentes de la Stasi, el servicio de inteligencia de la Alemania socialista. Lutz había nacido en 1956 en Brandemburgo: tras la Segunda Guerra Mundial, zona de ocupación soviética, y desde 1949, parte de la Alemania Oriental, oficialmente la República Democrática Alemana (RDA). Hijo de un entrenador deportivo, Lutz se destacó desde niño en el fútbol. A los 22 años, siendo seleccionado nacional de la RDA y centrocampista del Dínamo Berlín, el club deportivo orgullo de Erich Mielke, el oscuro jefe de la Stasi, Lutz aprovechó un partido jugado al otro lado del muro, en Kaiserslautern, para desertar y establecerse en la Alemania Occidental.
Tarde reconoceremos el día que nos cambiará la vida. Los testigos concuerdan en que la decisión de Lutz de abandonar a sus compañeros de equipo, a su mujer, hija y padres, para no volver más a su vida tras el muro, fue una decisión impulsiva, acorde al carácter del futbolista. El 20 de marzo de 1979, el Dínamo Berlín perdió 4 a 1 en el partido amistoso contra el 1. FC Kaiserslautern, equipo que encabezaba la Bundesliga. Al día siguiente, aprovechando una parada en Giessen antes de regresar a la RDA, Lutz tomó un taxi de vuelta a Kaiserslautern, abandonando así para siempre su vida pasada. Solas en Berlín Oriental quedaron su esposa Gabi y su hija Sandy. Lutz moriría 4 años más tarde sin volver a verlas.
Desde la huida de Lutz, su familia pasaría a ser vigilada, interrogada y manipulada por agentes de la Stasi. Gabi se decidiría por el divorcio pocos meses tras la deserción de su marido, seducida por un agente “Romeo” reclutado por la Stasi, con quien contrajo matrimonio y tuvo un hijo. Solo después de la caída del muro en 1989, Gabi descubriría que el hombre con quien compartía la cama había reportado a la Stasi cada detalle de su vida privada, en el marco de una operación cuya finalidad había sido arruinar la vida de Lutz Eigendorf. En las actas de la policía secreta (a las cuales investigadores y víctimas tienen hoy acceso libre), el futbolista consta como “el enemigo” o “el traidor”. El objetivo de la Stasi en el caso Eigendorf era: “a través de juegos operativos, medidas individuales calificadas y combinaciones operativas, sacar provecho de la inestabilidad psíquica del enemigo para crear situaciones que multipliquen sus nervios y sus errores, para que sus acciones den motivo a críticas”. En resumen: hacerle pagar por su traición. Durante los cuatro años que Lutz vivió en la Alemania Occidental, la Stasi se las arregló para mantenerlo vigilado, reclutando incluso a un agente entre sus amigos, quien regularmente se hospedaba en su casa mientras informaba a la policía secreta sobre los ánimos y las rutinas del centrocampista.
Instalado en la Alemania Federal desde la primavera de 1979, luego de cumplir un año de suspensión obligatoria por haber abandonado su equipo (el Dínamo de Berlín Oriental), Eigendorf empezó a jugar para el 1. FC Kaiserslautern. Muy pronto se frustraron sus intentos de sacar a su mujer e hija de la RDA. Se contentó entonces con un Renault-Kombi al que siguieron un Volkswagen y un Peugeot 504, al que amaba más que nada en este mundo (en su vida anterior, tras el muro, tenía un Trabant). “Compraba como un campeón”, contaba una de sus amantes. Finalmente adquirió un Alfa Romeo deportivo, el Alfetta GTV6.
Nunca sabremos el día en que acabará nuestra vida. El sábado 5 de marzo de 1983, Lutz había calentado la banca durante el partido en que su club, desde 1982 el Eintracht Braunschweig, cayó frente al VfL Bochum. Para consolarlo, el presidente le dijo: “hablé con el entrenador, en el próximo partido participarás. Porque peor que como jugó el equipo hoy, no se puede jugar”. Razón quizá suficiente para beberse los 4,3 litros de cerveza que corresponden al porcentaje alcohólico hallado en la sangre de Lutz tras el accidente automovilístico. Borracho y solo, ¿había perdido el control del carro en esa curva peligrosa en donde en 1982 se habían estrellado cinco personas y para marzo del 83 ya tres? O, tal como afirma el periodista Schwan, ¿el “amigo” espía lo secuestró en su propio coche y lo obligó a beber alcohol envenenado?
Si fue una red tendida por la Stasi la que asfixió la vida del futbolista o fueron sus propias manos las que perdieron el control de su vida precipitándolo a la muerte, eso ya nunca lo sabremos. La justicia alemana se niega a reabrir el caso. Lo cierto es que dos días después del accidente, en la mañana en que Eigendorf murió, sus excompañeros del Dínamo Berlín viajaban a Stuttgart para jugar otro partido amistoso en territorio “enemigo”. Y esta vez a ninguno se le ocurrió desertar.
Durante los cuatro años que Lutz vivió en la Alemania Occidental, la Stasi se las arregló para mantenerlo vigilado, reclutando incluso a un agente entre sus amigos, quien regularmente se hospedaba en su casa mientras informaba a la policía secreta sobre los ánimos y las rutinas del centrocampista.