Hemos entrado en un periodo de desmemoria, peor aún, de amnesia colectiva, en que el pasado poco a poco se difumina, incluso respecto de lo que fueron grandes progresos sociales. La ausencia de debate entumece el cerebro y alimenta el olvido. Es como si intentáramos poner una lápida sobre el pasado y convencernos de que estamos viviendo los mejores días en la historia del país. Quienes de alguna manera participamos como generación en esos grandes procesos nos vamos perdiendo en paredes ajadas por el tiempo. Recordar es ejercicio crítico y ayuda a mirar con distancia lo que hoy ocurre.

El documental de Pocho Álvarez y un seminario en la Flacso sobre el Conejo Velasco, ese gran intelectual del cambio y la transformación, buscan llenar ese vacío sobre él y esa, nuestra, generación. Una que nació entre mediados de los años 40 y fines de los 50, que maduró bajo el signo de la revolución cubana, la guerra de Vietnam, el gobierno de Salvador Allende y las posteriores dictaduras criminales del cono sur, de las grandes protestas estudiantiles de los años 60 en París, México y Berkeley, pero también de Antonin Artaud, Althuser y Poulantzas, pero también de Ruy Mauro Marini y Andre Gunder Frank más cerca de la región, del boom de la literatura latinoamericana, de García Márquez y de Cortázar, del papa Juan XXIII y del Concilio Vaticano segundo, de los Beatles y de Woodstock. Esa generación promovió una gran revolución en las ideas, la moral, la cultura y la identidad regional, que socavó en casi toda América Latina el Estado oligárquico y conservador.

En nuestro país también. Esa revolución vino de la mano de grandes intelectuales como Agustín Cueva, Bolívar Echeverría y Fernando Velasco en ciencias sociales, de Jorge Enrique Adoum, Javier Vásconez e Iván Carvajal en literatura, de la Revista Nueva al Pájaro Febres Cordero en periodismo, de Ramiro Jácome a Miguel Varea en pintura, para citar solo algunos nombres que me vienen a la mente. Pero tras ellos se esconden una multitud de obras y personas, que en estos y otros campos contribuyeron (imos) a alterar los sentidos comunes hasta entonces prevalecientes. Una revolución que tuvo como vértice a Quito, pero de indudable carácter nacional.

Esa generación, al menos la más política de ella, se comprometió entonces con una revolución política profunda que tenía como horizonte y utopía el socialismo y como actores principales el movimiento obrero y el campesino, pero que se desenvolvía en pleno proceso de retorno a la democracia, del cual no fue enteramente indiferente. Su vocación política era finalmente luchar por el contenido y dirección del retorno hacia valores de redistribución, ciudadanía y participación.

Es difícil saber cuándo fue el ocaso de esta generación, me atrevo a postular que se localiza entre la muerte de Roldós (ver el documental de Manolo Sarmiento) y el gobierno de Borja, simplemente porque ambos, por diversos motivos, fueron de ilusión frustrada de cambio en democracia. Luego vinieron una suerte de diáspora política e ideológica y un intento de pasar la posta a otras generaciones, que en parte se explica por la muerte del Conejo. Sin embargo, valores de democracia, búsqueda de consensos, pensamiento crítico, discusión abierta, respeto al criterio del otro, defensa a ultranza de los derechos humanos, ciudadanía activa, compromiso con el cambio y el socialismo democrático se forjaron entonces. Fernando, el Conejo Velasco, encarnó todo aquello que las múltiples voces en el documental del Pocho nos recuerdan, no sin añoranza.