Hasta ahora se siente una suerte de pasividad en las campañas políticas, las restricciones impuestas han generado que no haya mucho espacio en medios masivos para la difusión de argumentos y promesas. Eso ha direccionado muchos mensajes a las redes sociales, sin embargo, es un medio limitado por la accesibilidad y por los hábitos de consumo. Sus principales usuarios, los jóvenes, están demostrando que las estrategias deben ser distintas. No es solo la brecha tecnológica, sino el tipo de mensaje para aparecer como opción lo que está generando un quiebre en la mayoría de las propuestas. En un sondeo realizado, se evidenció que muchos jóvenes hacen “like” y/o comparten comerciales o piezas audiovisuales de las campañas en sus espacios sociales virtuales, pero no necesariamente por una preocupación ante las premisas planteadas o un alinearse con ciertas ideologías, sino porque los recursos utilizados les parecen atractivos. Es la forma lo que los hipnotiza, y siguiendo la lógica desenfrenada del consumo de estos productos, son reemplazados rápidamente en los timelines de la red. Ante la pregunta sobre los contenidos, dicen no sentirse representados, no distinguen ofertas que comulguen con sus intereses. No necesariamente porque no los haya, sino, porque probablemente el lenguaje, formato y dinámica utilizados no son los apropiados.

Una campaña de comunicación parte de una premisa básica: compartir significados. Hacer sentido con una promesa o discurso, identificar un mensaje como posibilidad.

Las campañas de comunicación que trabajan sobre propuestas sociales o ideológicas tienen un desafío mayor, deben cumplir con, por lo menos, dos objetivos iniciales: el primero, lograr entrar en la agenda del receptor, es decir, si voy a hablar de un problema o propuesta social, debo conseguir que ese tema escale entre las preocupaciones que ya tiene el sujeto, para incorporarse como un tema relevante que involucre sus intereses o entorno, cosa difícil, porque nadie anda buscando más problemas de los que tiene. La comunicación efectiva es la que logra, en una primera instancia, hacer que aparezca la problemática. Un segundo objetivo es que el receptor tome una postura con respecto al mensaje, de respaldo o contraria. Asumir una postura implica una reflexión y una articulación de argumentos, los que pueden provenir de las piezas de la campaña o de las discusiones generadas por la socialización de la misma.

Una población como la juvenil, tiene cada vez menos momentos para el silencio y los espacios no planificados, siempre hay una opción de conexión que los mantiene ocupados, entretenidos, aislados de lo que no quieren ver o escuchar. Si se pretende una conexión con ellos, y lograr como objetivo final un voto en una fecha determinada, hay que empezar a pensar más sobre el rediseño de las motivaciones y hábitos que está sucediendo. Sobre el cómo hacer sentido y qué argumentos lograrían trascender al encanto de la forma. La aparente apatía de los jóvenes responde en parte a la incapacidad de los partidos o candidatos de aparecer en sus mundos y sus proyecciones.

Es necesaria una revisión no solo de las campañas, sino de los nuevos sentidos y lógicas de convivencia, del nuevo tipo de sociedad que se está gestando y que no volverá a ser jamás como era.