Se proyectó la foto a pedido del excelentísimo señor presidente de la República quien, en la penúltima sabatina, exigió que se la mantuviera por un tiempo mayor en la pantalla para que todos pudieran ver la imagen de ese hombre y reconocerlo, si se diera el caso de que se lo encontraran en la calle, con el fin –expresado entre líneas– de hacerle pagar sus muchas culpas, sus iniquidades, sus infamias.

Ahí quedó, suspendida en el tiempo, la foto, para que el ciudadano común memorizara cada una de las facciones de ese hombre que se había ganado el desprecio y el escarnio.

Era esa la imagen de quien había cometido una acción execrable, quizás solo equiparable con la de un asaltante, un asesino, un violador, un narcotraficante y, por eso, merecía quedar impregnada en la retina del televidente.

Estaba ahí él, individualizado, personificado. Pero, siendo él, representaba a todos quienes, como él, ejercitan una tarea que, en los tiempos que corren, resulta infamante.

Era él que, como muchos otros, cometió el pecado de escoger el periodismo como un oficio a través del cual contar lo que ocurre, expresar lo que piensa, indignarse ante las injusticias, revelar todo aquello que los poderosos –de cualquier tinte político– quieren que se oculte, soñar una realidad distinta, gritar sus ilusiones y su ira.

Era él quien ahora aparecía como un paria, porque otra vez había osado –dada la jerarquía de su cargo– permitir una publicación en que se ponían de manifiesto ciertos hechos oscuros que molestaron a aquel que ejerce el poder de manera absoluta y no admite que nadie cuestione no solo sus ejecutorias, sino la de algunos de sus servidores.

Ese era el delito. Y por eso estaba ahí su foto, llenando la pantalla, como la de cualquier malandrín al que es necesario someter a la vindicta pública.

Su delito era haber permitido publicar una denuncia más sobre las muchas corruptelas que se cometen a nombre de la revolución ciudadana y que quien la encarna procura, a toda costa, escamotear, con el único argumento de que provienen de esa prensa corrupta contra la que él arremete con igual obstinación que saña.

La foto proyectada hablaba desde su silencio. Y, desde su mirada, parecía recorrer el duro, apasionante, difícil camino transitado, los desvelos, las amenazas, los sudores, todos los muchos esfuerzos motivados por el afán de escudriñar la realidad con los ojos absortos, hasta dar con una revelación que, siendo suya, la comparte con los demás a través de la palabra. Y eso estorba, indigna a quien intenta convertir a su verbo en artículo de fe, sobre el cual la sola sombra de una duda se transforma en un pecado de pequeñez humana, de miseria, mezquindad, bastardía y mala fe.

La foto estaba ahí, alertando: ¡Cuidado con sujetos como ese!

Hablaba sin hablar: ¡Son peligrosos!

Peligrosos, porque no se someten. Peligrosos, porque no se callan. Peligrosos, porque no obedecen. ¡Conózcanlos!

Y lapídenlos.