El Ecuador vive un tiempo en que se ha planteado con inmensa fuerza la profundización de cambios radicales largamente concebidos por las organizaciones populares y sociales, y que han sido recogidos, en buena parte, por el Gobierno nacional. Pero el impulsor de cualquier transformación es la gente común y sufrida (también sus intelectuales comprometidos), y no el ente gubernamental. Por eso es decisivo cuestionar a la élite política cuando se adueña del discurso del cambio ya que el poder lo institucionaliza todo y, así, los ideales se echan a perder porque el objetivo no va siendo recomponer la sociedad sino sostenerse en la dominación.
El libro Entre la ira y la esperanza, del ibarreño Agustín Cueva (1937-1992), que se publicó en 1967, tiene un esplendor y una vigencia impresionantes, porque en sus páginas palpita la espléndida intuición de que, para llevar a un país hacia una mejor situación de justicia y equidad, es indispensable, primero, modificar la mentalidad de la gente e incidir en su cultura y educación a partir de una crítica radical de las formas en que se usa y abusa del poder. Aunque su análisis nace de las letras y la literatura, Cueva realizó proposiciones que inciden en la comprensión política de la cultura y en la actuación política de nuestras comunidades.
Muy preocupado por el devenir de la colectividad, observó que muchas costumbres heredadas de la colonia seguían presentes en las formas de actuar de las clases dirigentes. Por eso sostuvo con firmeza que el modo de pensar colonial –colonizador y colonizado– no había muerto entre nosotros. Esto lo escribió en 1967. En 2012, ¿ha desaparecido ya o sigue aún vivo y coleando cierto sustrato de prácticas coloniales? ¿No es la majestad del poder, a la que se apela ahora para acallar al contrario, un rezago más de la colonia? Al conmemorar los veinte años de la desaparición física de este pensador es fundamental actualizar sus planteamientos.
Cueva imaginó la cultura mestiza como expresión de una interculturalidad, pues señaló el imperioso requerimiento de destacar no solo lo diferente de un país sino la fusión de lo diverso en un todo orgánico y coherente; para Cueva, la sociedad entera debía expresarse en una estructura intercultural. Por eso cuestionó que nuestra cultura nacional estuviera hecha de retazos que no se conectaran armoniosamente entre sí. Sopesó el saber de los desposeídos, la fiesta serrana indígena, al emigrante en la ciudad… Y percibió que la inautenticidad nos castraba como pueblo. Según Cueva, nuestra cultura mestiza era débil porque lo popular no había sido reelaborado.
Con seguridad hoy polemizaríamos con algunas puntualizaciones de Cueva con respecto del valor de literatos como Juan León Mera o los llamados poetas decapitados, pero no cabe duda de que fue un intelectual que se la jugó por entero, a lo largo de más de cuatro décadas, por conferirle al pensamiento social una solidez desde la teoría marxista. Así lo testimonian las recopilaciones recientes de su obra –con estudios de Fernando Tinajero, Alejandro Moreano y Juan Valdano– que han circulado dentro y fuera de nuestras fronteras. Rendir homenaje a Cueva exige leerlo no en el contexto del pasado sino en las circunstancias de hoy. Porque su voz está presente.