El artículo publicado el domingo en EL UNIVERSO llamó mi atención. Expertos señalan que el feminicidio está ligado al machismo en nuestro país. “No son crímenes aislados sino producto de una estructura de desigualdad, opresión y control hacia determinado género, celos causa principal, la relación sexual como poder, de dominación, de posesión”, dice Liz Meléndez López. Cuando los discursos por los derechos de las mujeres parecen agotados, cuando los varones protestan por la celebración del Día de la Mujer, señalando que no existe uno similar para festejar a los varones, cuando hay esfuerzos en algunos ámbitos para que las mujeres accedan a instancias de decisión, artículos como el mencionado ponen nuevamente el dedo en la llaga de realidades lacerantes. Las mujeres continúan muriendo asesinadas a manos de esposos, convivientes, amantes, que muchas veces las consideran su propiedad y que no aceptan la terminación de una relación o la negación a mantener relaciones sexuales. La violencia intrafamiliar no ha disminuido, parece haber recrudecido. Las mujeres ahora explican y argumentan por qué no quieren algo, no aceptan fácilmente someterse y eso firma muchas veces la sentencia de muerte o de golpes.
Durante siglos la humanidad ha vivido una cultura de patriarcado, que en algunas partes del planeta sigue siendo una realidad indignante. En la actualidad, más de 6.000 niñas son mutiladas a diario con la ablación del clítoris, en África, Asia, algunas partes de Europa y América. La familia y la comunidad las considera impuras si no se lo hace como prueba de virginidad y virtud. En la noche de bodas, el marido con un cuchillo corta antes de penetrar por la fuerza a su esposa.
El patriarcado viene de dos términos uno latino pater y otro griego, arche, poder, el poder de lo masculino como principio de todo. Ese concepto lo arrastramos desde hace alrededor de 5.000 años según los antropólogos. Lo caracteriza el hecho de jerarquizar las diferencias: los varones son mejores que las mujeres por eso organizan la sociedad, la política. Son jefes, patrones, generales, dios. Se convierten en modelos, crearon una sociedad donde lo dualista domina: bueno-malo, ricos-pobres, blanco-negro, conmigo-contra mí.
Otros de los aspectos de esa cultura tan enraizada es haber confinado los sentimientos y las expresiones de ternura al ámbito femenino reduciéndolo en el inconsciente colectivo a cosas de mujeres. Esto viene de épocas lejanas. Filipo educó a su hijo Alejandro el conquistador, con una enorme coraza. Amar dificulta la conquista, no hay que hacer amigos, hay que enfrentarse. Somos todos herederos de Alejandro de cierta manera. La manera como se dio a conocer la muerte de Gadafi, es una prueba fehaciente de ello.
La historia de la violencia, de la guerra, de la crueldad organizada es también a grandes rasgos la historia del varón no de la mujer: los varones han controlado la vida desde todos los niveles posibles: las doctrinas religiosas, los mitos, las leyes, los gobiernos, los sistemas laborales, económicos, sexuales. Y este sistema ha tenido como instrumento esencial el uso de la violencia o la amenaza de usarla. Así se han creado los mitos de que la violencia es inherente al ser humano y necesaria a la supervivencia, obviando algo tan importante como que el elemento esencial para la supervivencia de nuestra especie ha sido la cooperación y no la exclusión. La violencia contra las mujeres toma diferentes formas, pero lo grave es que se mantiene. Queda todavía mucho por hacer, aunque cambiemos los nombres a las realidades.