“Roncadooor, roncadooor”, gritaba el pequeño Guillermo Ayoví Erazo. Con esa frase y con canasto en mano, el muchacho recorría las calles empinadas de Borbón, su pueblo natal, ubicado en el norte de Esmeraldas. Vendía el producto que su padre sacaba del río: una especie de pez llamada guacuco o roncador. La gente se acostumbró a verlo pasar a diario y a ese grito melodioso, que era casi un canto, que llegaba a las casas, en las que ingresaba esa voz que el tiempo tornó grave y que ahora lo identifica.