Simón Pachano
Le crecieron los enanos. Sin alusiones a los circos y sus dueños, ni más faltara, la metáfora describe la sopresa que ronda en las alturas. Después de cuatro años de paz franciscana, lograda por la sumisión y el acatamiento absoluto de la majestuosa palabra, súbitamente apareció un problema por el lado menos guarnecido. La crítica desde la izquierda no formaba parte de la lista de preocupaciones del líder ni se contaba entre los temas que podían quitarle medio minuto de sueño. No había razón para fortalecer ese flanco si ni siquiera la exclusión de los movimientos sociales –con burlas, prepotencia y represión– provocaba en los sectores progresistas una respuesta que fuera digna de tomarse en cuenta. Al fin y al cabo, ellos mismos se encargaban de proporcionarle la justificación cuando aludían a la importancia del Proyecto (así, con mayúsculas) e implícitamente reconocían su concepto relativo de la dignidad.
Los débiles asomos de discrepancias fueron zanjados con la exclusión inmediata. Quienes se atrevían a disentir se iban cargados de adjetivos poco creativos y burdos pero eficaces. De un momento para otro, los compañeros históricos del Proyecto se convirtieron en traidores. Para que nada faltase, una rápida revisión de su biografía demostró que siempre fueron de esa calaña, que eran un estorbo, que no merecían formar parte de la revolución. Así, Betty Amores o los ecologistas infantiles siempre fueron infiltrados dedicados a boicotear. Salvando las dimensiones, si estuviera vivo el Padrecito de todas las Rusias se sentiría feliz de contar con tan buenos seguidores de la táctica que lo llevó no solo a ordenar que se escribiera una y otra vez la historia del Partido Comunista (añadiendo y eliminando personajes y hechos, según los virajes del momento), sino a algo tan fantástico como fue borrar la imagen de Trotsky en las fotos históricas de la revolución rusa.
Para completar, la divergencia respecto a un tema específico se interpretó como la oposición al Proyecto en su conjunto. La revolución no se defiende en sus partes sino en su totalidad, decía Saint Just, el joven revolucionario francés que junto a Robespierre hicieron rodar las mejores cabezas de su tiempo. Disentir en algo, en lo más mínimo, significaba hacerle el juego a la derecha, a la partidocracia, a la peluconería y era tratar de regresar a la larga y oscura noche neoliberal. Se impuso la lógica del todo o nada, en la que el todo es el Proyecto y está encarnado en el líder. Ese fue el juego y ellos lo aceptaron. Cerraron los oídos ante cualquier advertencia acerca de lo que estaban ayudando a crear.
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Ahora han decidido irse, al comprobar que la consulta, propuesta a espaldas del buró político y de los asambleístas, contiene una que otra pregunta que reniega de su propia Constitución. Pero se van a medias. No han cuestionado hasta ahora el objetivo claro de intervenir en las otras funciones del Estado ni el perfeccionamiento del poder personal que ayudaron a construir. Aún creen que existe el Proyecto y que pueden estar ahí.